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Spanish translation of an excerpt from Nicholas Carr's The Shallows.

Lao P. Xia Xiaowan

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A lo largo de los últimos 20 años, una serie de estudios psicológicos han revelado que después de pasar un periodo de tiempo en un entorno rural tranquilo, cercano a la naturaleza, las personas presentan una mayor atención, mejor memoria y generalmente una mejor cognición. Sus cerebros devienen más calmados y más agudos. La razón, según la teoría de la restauración de la atención o ART, es que cuando las personas no están siendo bombardeadas con estímulos externos, sus cerebros pueden, efectivamente relajarse. Ya no tienen que poner a prueba la operatividad de su memoria procesando un flujo constante de distracciones. El estado contemplativo resultante refuerza su habilidad para controlar sus mentes.

Los resultados más recientes de dicho estudio fueron publicados en Psychological Science a finales de 2008. Un equipo de investigadores de Michigan liderados por el psicólogo Marc Berman, reclutaron a unas tres docenas de personas y las sometieron a una serie de exámenes rigurosos que además provocan cansancio mental, diseñados para medir la capacidad de su memoria activa y sus habilidades para ejercer un control organizado sobre su atención. Los sujetos fueron divididos en dos grupos. La mitad de ellos pasaron alrededor de una hora paseando en un parque con árboles y la otra mitad pasó un tiempo equivalente paseando en las calles del centro de una ciudad. Los dos grupos fueron examinados una segunda vez. Los investigadores encontraron que los resultados de las personas que habían pasado tiempo en el parque habían mejorado de forma significativa en los tests cognitivos, indicando un incremento substancial de la atención. En contraste, caminar por la ciudad no derivó en ninguna mejora en los resultados de los tests.

Los investigadores realizaron otro experimento similar con otro conjunto de personas. En vez de pasear entre las distintas rondas de pruebas, los sujetos simplemente miraban fotografías de escenas rurales tranquilas o escenas del ajetreo urbano. Los resultados fueron los mismos. Las personas que miraron fotografías de la naturaleza fueron capaces de controlar mejor su atención, mientras que los que miraron escenas de la ciudad no mostraron ninguna mejora en su capacidad de atención. Los investigadores concluyeron que "en suma, interacciones simples y breves con la naturaleza pueden provocar un notable incremento del control cognitivo." Pasar tiempo en el mundo natural parece ser de "vital importancia" para un "funcionamiento cognitivo efectivo."

No hay ningún Sleepy Hollow en internet, ningún lugar pacífico en donde la contemplación pueda ejercer su magia restauradora. Sólo hay el interminable e hipnótico bullicio de la calle. Los estímulos de la red, como los de la ciudad, pueden ser vigorizantes e inspiradores. No querríamos deshacernos de ellos. Pero también nos agotan y nos distraen. Tal y como Hawthorne comprendió, pueden fácilmente abrumar los modos de pensamiento más tranquilos. Lo que alimenta la preocupación del científico Joseph Weizenbaum y del artista Richard Foreman es uno de los mayores peligros al que nos enfrentamos; al automatizar el trabajo de nuestras mentes, al ceder el control del flujo de nuestros pensamientos y memorias a un sistema electrónico poderoso, se produciría una lenta erosión de nuestra humanidad.

El pensamiento profundo no es el único que requiere tranquilidad y exige tener la mente atenta. También lo necesitan la empatía y la compasión. Los psicólogos han estudiado durante mucho tiempo cómo las personas experimentan el miedo y cómo reaccionan frente a las amenazas físicas, pero sólo han empezado a investigar recientemente los orígenes de nuestros más nobles instintos. Lo que están descubriendo, según explica Antonio Damasio, director del Instituto USC de Cerebro y Creatividad, es que las más altas emociones emergen de procesos neuronales que son "inherentemente lentos". En un experimento reciente, Damasio y sus compañeros experimentaron con varios sujetos haciéndoles escuchar historias en las que se describían a personas que experimentaban un dolor físico o psicológico. A estos sujetos se les realizó una resonancia magnética durante la cual debían recordar las historias. El experimento reveló que mientras que el cerebro reacciona rápidamente a las demostraciones de dolor físico- cuando vemos a alguien que está herido, los centros de dolor primitivo en nuestro propio cerebro se activan casi de manera instantánea – el proceso mental más sofisticado de empatía con el sufrimiento psicológico se desarrolla con mucha más lentitud. Los investigadores descubrieron que el cerebro tarda tiempo "en trascender el involucramiento inmediato del cuerpo" y en comenzar a comprender y a sentir "las dimensiones psicológicas y morales de una situación".

El experimento, dicen los académicos, indica que cuanto más distraídos estamos, menos capaces somos de experimentar las formas más sutiles de empatía, de compasión y otro tipo de emociones. "Para algunos tipos de pensamiento, especialmente para la toma de decisiones morales sobre las situaciones sociales y psicológicas de otras personas, necesitamos un tiempo adecuado de reflexión" advierte Mary Helen Immordino-Yang, miembro del equipo de investigación. "Si las cosas suceden de manera excesivamente rápida, quizás nunca puedas experimentar plenamente las emociones sobre los estados psicológicos de otras personas". Sería precipitado llegar a la conclusión de que internet está socavando nuestro sentido moral. No sería precipitado sugerir que como la red desvía nuestros caminos vitales y disminuye nuestra capacidad para la contemplación, está alterando la profundidad de nuestras emociones así como nuestros pensamientos.

Hay quienes están animados por la facilidad con la que nuestras mentes se están adaptando a la ética intelectual de la red. "El progreso tecnológico es irreversible", escribe un columnista del Wall Street Journal, "así que la tendencia hacia la multi-tarea y el consumo de muchos tipos diferentes de información sólo puede continuar como hasta ahora." Sin embargo no debemos preocuparnos, porque nuestro "software humano" con el tiempo "alcanzará a la tecnología de las máquinas que hizo posible la abundancia de la información." "Evolucionaremos" para convertirnos en consumidores de datos más ágiles. El escritor de una historia de portada en la revista New York dice que mientras nos acostumbramos a "la tarea del siglo 21" de "encajar" entre bits de información en línea, "el cableado del cerebro cambiará inevitablemente para manejar de forma más eficiente más información." Quizás perdamos nuestra capacidad "para concentrarnos en una tarea compleja de principio a fin", pero en recompensa ganaremos nuevas técnicas, como la habilidad para "mantener 34 conversaciones de manera simultánea en seis medios diferentes." Un destacado economista escribe con entusiasmo que "la red nos permite tomar prestadas fuerzas cognitivas del autismo para ser mejores infóvoros." Un escritor de Atlantic sugiere que nuestro "trastorno de déficit de la Atención inducido por la tecnología" quizás sea "un problema a corto plazo," proveniente de nuestra dependencia de "costumbres cognitivas que han evolucionado y se han perfeccionado en una era de flujo informativo limitado." Desarrollar nuevos hábitos cognitivos es el único enfoque viable para navegar en la era de la conectividad constante."

Estos escritores están en lo correcto argumentando que estamos siendo moldeados por nuestro nuevo entorno informativo. Nuestra adaptabilidad mental, anclada en los más profundos circuitos de nuestras mentes, da comienzo a la historia intelectual. Pero si están cómodos en sus consuelos, éstos son fríos. La adaptación nos ayuda a ajustarnos mejor a las circunstancias, pero cualitativamente es un proceso neutro. Lo que importa al final no es que seamos apropiados, sino en lo que nos convertimos. En la década de 1950, Martin Heidegger observó que la creciente "marea de revolución tecnológica" podía "cautivar, hechizar, deslumbrar y seducir tanto al hombre que el pensamiento calculatorio podría algún día ser aceptado y practicado como la única manera de pensar." Nuestra habilidad para involucrarnos en un "pensamiento meditativo", que él veía como la mismísima esencia de nuestra humanidad, podría ser víctima de un proceso precipitado. El avance tumultuoso de la tecnología, como la llegada de la locomotora a la estación de Concord, podría ahogar las percepciones, pensamientos y emociones refinadas que surgen solamente a través de la contemplación y de la reflexión. El "desenfreno de la tecnología", escribió Heidegger, amenaza con "atrincherarse en todas partes"

Quizás estemos entrando en la fase final de ese atrincheramiento. Estamos dando la bienvenida al desenfreno en nuestras almas.

Nicholas Carr es el ex editor ejecutivo de Harvard Business Review. Es conocido por su árticulo de portada en The Atlantic en que se preguntaba, "¿Nos está volviendo tontos Google?" Ha explorado esta cuestión en mayor profundidad en su libro más reciente The Shallows: Lo Que Internet Está Haciendo Con Nuestros Cerebros. Carr vive en Colorado y bloguea en roughtype.com

Excerpted from The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains by Nicholas Carr (c) 2010 by Nicholas Carr. Used with permission of the publisher, W. W. Norton & Company, Inc.

Translated by the Translator Brigades[email protected]