The Big Ideas of 2012

El final del modelo consumista

Un imperativo político y económico.
Nick Whalen

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Escribo estas reflexiones en medio de los debates políticos y económicos que están teniendo lugar en todo el mundo sobre la necesidad de poner en práctica planes de estímulo que permitan limitar los efectos destructivos de la primera crisis económica planetaria del mundo capitalista.

En estos debates, se habla de «estímulos a la inversión» y «estímulos al consumo» en términos opuestos, confundiéndose dos cuestiones diferentes, cuestiones que requieren de un tratamiento simultáneo, pero en función de escalas temporales distintas. Esto implica una gran dificultad, que se hace mayor al considerar el hecho de que la actual crisis está anunciando el fin del modelo consumista.

Aquellos que defienden la estimulación del consumo como el camino para la recuperación económica no quieren ni oír hablar del fin de la era consumista. Por otro lado, los defensores del estímulo de la inversión tampoco están más dispuestos a cuestionar el modelo industrial basado en el consumo. La versión francesa del «estímulo a la inversión» (que se hace más sutil cuando viene de boca de Barack Obama) argumenta que la mejor manera de salvar el consumo es a través de la inversión. Es decir, mediante la restauración de la «rentabilidad», que generará a su vez la restauración del propio dinamismo empresarial fundado sobre el consumismo, así como sobre su equivalente, el productivismo impulsado por el mercado.

En otras palabras, esta «inversión» no es capaz de generar una visión a largo plazo que permita extraer alguna lección de la caída de un modelo industrial basado en aspectos como la automoción, el petróleo y la construcción de redes de carreteras, así como las redes herzianas de las industrias culturales. Este conjunto ha formado, hasta fechas recientes, la base del consumismo, sin embargo es un conjunto que hoy ya está obsoleto, hecho que quedó patente durante el otoño de 2008. Hablando con franqueza, esta «inversión» no se puede considerar como tal; es, por el contrario, una falta de inversión, una abdicación que consiste en no hacer nada más que esconder la cabeza como el avestruz.

Esta «política de inversión», que no tiene más objetivo que la reconstitución del modelo consumista, es la traducción de una ideología moribunda. Es un intento desesperado de prolongar lo máximo posible la vida de un modelo que se ha convertido en autodestructivo, negando y ocultando, al máximo, el hecho de que el modelo consumista es, actualmente, enormemente tóxico (una toxicidad extendida mucho más allá de la cuestión de los «activos tóxicos») porque ha alcanzado sus límites. Esta negativa a aceptar la toxicidad del modelo consumista se explica por el intento de mantener, durante el mayor tiempo posible, los beneficios colosales que pueden ser acumulados por aquellos que son capaces de explotar la toxicidad del consumismo.

El modelo consumista ha alcanzado sus límites porque se ha vuelto cortoplacista por naturaleza, ha dado lugar a una estupidez sistémica que impide la reconstrucción del horizonte a largo plazo. La manera de llevar a cabo la «inversión» no se ha basado en otros criterios más que la mera contabilidad: esta inversión se ha convertido en un puro y simple restablecimiento del estado anterior de las cosas, intentando reconstruir el tejido industrial sin modificar un ápice su estructura y sin siquiera poner en cuestión sus axiomas, todo ello con la esperanza de mantener los niveles de ingresos que han podido ser alcanzados hasta la fecha.

Esa será la esperanza, el anhelo, pero lo que se plantea son los falsos anhelos de las avestruces. El verdadero objeto de debate a plantear a raíz de la crisis debería ser cómo superar el corto plazo al que nos ha conducido un consumismo intrínsecamente destructivo de toda verdadera inversión, un corto plazo que se ha convertido, por la propia aplicación rigurosa del mismo, y no de manera accidental, en la descomposición de la inversión en especulación. El anhelo debería ser la inversión en el futuro, ese debería ser el anhelo.

Es tan urgente como legítimo considerar si es oportuno que estimulemos el consumo y la maquinaria económica, con el doble objetivo de evitar una catástrofe económica de grandes proporciones y de atenuar la injusticia social generada por la crisis. La razón es que esta política de fomento del consumo no solo está agravando la situación en millones o miles de millones de euros y de dólares, sino que también está enmascarando el verdadero problema, que es generar una visión y voluntad política que permita transitar del modelo económico político de consumo hacia un modelo basado en una inversión diferente. Este nuevo modelo de inversión debe ser una inversión social y política o, en otras palabras, una inversión basada en el deseo común, lo que Aristóteles llamaba philia, y que formaría la base de un nuevo tipo de inversión económica.

Existe una clara contradicción entre dos posturas:

  • la absoluta urgencia que obviamente viene fijada por el imperativo de salvar la situación actual, evitando cambiar la crisis económica por otra crisis política que pueda desatar conflictos militares de dimensiones globales.
  • y la absoluta necesidad de generar un futuro potencial, en términos políticos y sociales, que sea capaz de romper con la situación actual. Esta contradicción es característica de los sistemas dinámicos (en este caso, el sistema industrial y el sistema capitalista global), una vez que el sistema dinámico ha comenzado a mutar.

El problema de identificar en qué consiste precisamente esta mutación se trata de una cuestión tanto política como económica, una cuestión de política económica y, por tanto, de saber a qué opciones políticas, pero también industriales, nos conduce. La cuestión está en identificar cuáles son las nuevas políticas industriales que esta nueva situación requiere.

Solo esa respuesta será capaz de tratar de manera simultánea estas dos cuestiones: la cuestión sobre qué pasos inmediatos y urgentes son necesarios para salvar el sistema industrial y cómo esos pasos deben ser dados dentro de un cambio económico y político que nos lleva a una revolución. Ya que cuando un modelo se agota, en su devenir se transforma, y si solo en esa transformación puede evitar la destrucción total, esa transformación implica una revolución.

Bernard Stiegler aprendió filosofía de manera autodidacta durante su estancia en prisión por robo a mano armada entre 1978 y 1983. Desde entonces se ha convertido en uno de los principales filósofos tecnológicos franceses. Este artículo ha sido adaptado de su reciente libro Pour une nouvelle critique de l'économie politique [Por una nueva crítica de la Economía Política].

Traducido por Translator Brigades[email protected].