Mendigo

Permítanme presentarme.

Steven W.

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Permítanme presentarme. Me llamo Manuel Jesús María Córdoba y Herrera. Nací aquí en esta ciudad hermosa de Zacatecas en 1919. No siempre era así, como Uds. me veen. Cuando era joven, era muy bravo, más flaco, más guapo. Tenía una mujer que me parecía como las estrellas por su belleza. Pero ya pasaron todas esas. Ahora, toda la vida es esta esquina, los pies de la gente pasando por la calle, y el sombrero.

Pero antes, con Ana Rosa, era diferente. Usé el sombrero, era muy diferente.

Nos casamos el 23 de abril de 1941 allá en la basílica. Ella tenía 18 años, yo, 22. Su papá nos regaló un gallo y seis gallinas. Vivíamos en una callejón cerca de la mina, en un apartamento en una casa verde. Pasábamos muchos años felices allá. Todo no estaba perfecto, pero estábamos contentos.

Dos años después de la boda, no llegó un bebé. No llegó el año después, ni el siguiente. Al principio, no nos preocupábamos, porque nos amábamos mucho, pero cada año pasó detrás del otro, y el Señor no nos dió un bebé.

En estos días, trabajé en la mina. Ana Rosa crió las gallinas y las flores, y cuidó de la casa. Sus flores eran como ella: colores brillantes y alegres. Vendía los huevos y las flores en el mercado cada día. Un día, le encontré en casa llorando. Me dijo que quería un bebé, pero Dios no nos lo dio. La llevé a la misma basílica donde nos habíamos casado hace cinco años y rogamos juntos. El año siguiente, la llevé al doctor, y él nos dijo que nunca pudiéramos tener un bebé. Después de la comida, Ana Rosa me dijo que no iba a llorar más, y se quitaron las lagrimas desde ese día.

"A pesar de que Dios no nos dio un niño, me pongo feliz," me dijo. Y su palabra era de verdad. Nunca lloró después.

"Es mi destino," dijo ella.

Teníamos muchos años felices. Nunca me importaba que no había hijos. Nada me importó más que estar con ella. Los años pasaron, y nuestros padres se fueron para estar con Dios. Al fin, estábamos solteros.

Un día en 1990, el jefe de la mina me dijo que yo era demasiado viejo; no tenía trabajo como minero. Después, no podía trabajar como en los últimos 50 años. Después, pasé todo los días con mi vida, Ana Rosa, las flores, y las gallinas. Ella me dió este sombrero ese año. Antes, nunca había necesitado ningún sombrero porque estaba debajo de la tierra. Ahora, iba a pasar las días con ella en el jardín. Al principio, la luz del día me cegó, pero poco a poco, los ojos adaptaron. Estaba con mi amor.

Cada mañana, ella se levantaba temprano y pasaba por las calles a la iglesia. Después de la misa, volvía a casa para recoger los huevos y cortar las flores. Hacía tortillas para mí también, y nos desayunábamos juntos; pues, caminábamos al mercado llevando los huevos y las flores, donde los vendíamos. Por la tarde, regresábamos a casa.

Ella cuidaba de las gallinas y de las flores y de mí. Le ayudaba a ella con sus trabajos, pero el hombre que pasa la vida debajo de la tierra no tiene ningún idea como se crían ni las flores ni las gallinas. Mi Ana Rosa nunca me regañaba. Siempre me decía que era su esposo. Siempre me enseñaba que me amaba. Entonces pasábamos la vida contentos.

El año pasado, mi corazón, la flor de mi vida, se me murió. Está con el Señor ahora, pero soy soltero. Nunca tendré lagrimas suficientes para contar mi dolor. Cada día, la echo de menos. Cada día, lloro.

Las gallinas se fueron. No pude cuidarlas, y los perros las tomaron. Las flores, también murieron. No sabía cuidarlas. Pues, hoy, como todos los días antes de ir al Señor y a ver a ella, me levanto temprano y paso por las calles. No asisto a la misa, porque me enojé con el Señor. Me voy al mercado para comprar un quequi que me parece arena en la boca. Y después, vengo aquí, a la esquina, me quito el sombrero que ella me dió, veo a los pies, y mendigo.

Ann Weaver Hart lives and writes in Bryan, Texas. She and her husband Howard enjoy their two dogs and three (mostly) grown children.