El Ambientalismo Mental

Spanish translation

Photo by Christophe Kutner, Party Monster 1, 2009

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Tu mente, un claro arroyo en una montaña que discurre borboteante entre las rocas. Hasta que Pepsi se levanta, revela su presupuesto en publicidadde miles de millones, y se mea en él, manchándolo para siempre de marrón. Tu cerebro, un bosque viejo que verdea, hasta que muere la muerte de mil logos. Tu alma, llena del fresco aire cristalino de las primeras horas de la mañana, hasta que Philip Morris le sopla una nube de su humo seductor.

No. El ambientalismo mental podrá ser la noción más importante de este nuevo siglo, pero la única manera de empezar esta discusión es admitir que la analogía no es precisa. Sea cuál sea el medio ambiente mental, no es un impecable paisaje natural libre de personas. No es el Refugio Nacional para la Vida Silvestre Ártica, ni la biósfera antártica. No, el medio ambiente mental lo ha comformado la cultura desde que somos, pues, humanos.

La mente es, entre otras cosas, una herramienta para recolectar, almacenar, sopesar imágenes e ideas. Tal vez en una etapa más temprana de nuestra evolución como primates nuestro cerebro funcionase de forma diferente, pero durante millones de años hemos estado formando nuestras mentes y las de aquellos a nuestro alrededor. Nuestro medio ambiente mental no es el Yosemite de John Muir o Ansel Adams. Siempre ha sido más como Central Park, un diseño que refleja ideas humanas. Cada generación, cada comunidad, ha tenido un medio ambiente mental. La cultura. El zeitgeist. Es en esa neblina de suposiciones casi invisible que pasamos nuestras vidas; el conjunto de imágenes e ideas de las que apenas nos damos cuenta porque son tan comunes que se vuelven tanto banales como sobrecogedoras.

Es más, ni siquiera es la primera vez que nuestro medio ambiente mental está contaminado.

Hemos visto verter todo tipo de toxinas en la info-vertiente. Ve una película de Leni Riefenstahl si quieres ver de lo que hablo. Intenta imaginarte la vida durante la Revolución Cultural de Mao. El estado, la Iglesia se han vuelto mentalmente opresivos una y otra vez hasta que finalmente surgió una resistencia: una resistencia que, desde Martin Luther a Vaclav Havel, dijo por lo menos en parte: "Queremos recuperar nuestras mentes". No recuperarlas del todo: nunca nos han pertenecido por completo. Pero algo más de ellas, y en mejor forma.

Lo cual nos trae al momento actual, el momento con el que tenemos que tratar, el momento del que tenemos que sacar nuestra resistencia única. El medio ambiente mental se encuentra sitiado por una variante de la contaminación especialmente complicada. Para entenderla, considera una analogía del mundo físico, donde el dióxido de carbono amenaza con calentar el planeta de manera desastrosa. En pequeñas dosis el dióxido de carbono no es nocivo, igual que un anuncio o un espectacular difícilmente son un problema. En realidad, el CO2 en pequeñas cantidades es mucho menos peligroso que la mayoría de las substancias químicas, igual que Ronald McDonald nunca podría hacer el mismo daño que, digamos, Joseph Goebbels. Pero cada acción en una vida moderna libera carbono a la atmósfera. Miles de millones de autos y fábricas lo escupen constantemente, y ahora parece que esta contaminación continua va a elevar la temperatura global cinco grados este siglo, de paso alterando todo, desde las lluvias tropicales, al deshielo, hasta la velocidad del viento. De la misma manera, el consumidor moderno envía al aire una ráfaga casi infinita de información y seducción, hasta que el aire está tan pesado que cada rasgo de nuestra sociedad es diferente. En ninguno de los casos es contaminación en el sentido usual, eliminada fácilmente con un filtro o combatida con una imagen más sana. Más bien, es un problema de volumen. En el caso de la llamada sociedad de la información, podría ser el experimento psicológico más grande de la historia.

Dicho de otra manera: somos las primeras generaciones en recibir la mayor parte de nuestro sentido del munto de manera mediada en vez de directa, en recibirlo por una u otra pantalla en vez de a través del contacto con otros seres humanos o con la naturaleza.

Si el medio ambiente en el que vivimos tiene una única característica distintiva, de la misma manera que el oxígeno define nuestra atmósfera, es el egocentrismo. Eso es lo que un medio ambiente torcido produjo; ese es el resultado tóxico de la contaminación única de nuestra época. Hace unos años, mientras escribía un libro, vi cada palabra y cada imagen que salía en el sistema de cable del mundo durante 24 horas - más de 2 000 horas de anuncios e infomerciales, videos musicles y sitcoms. Si reducías este estofado a su ingrediente más básico, lo que encontrabas, repetido hasta el infinito, era esto: eres lo más importante en la Tierra, el mayor objeto del universo. Desde la zalamería aduladora de la programación a la suciedad que jode con tu cabeza en los comerciales, prononía continuamente un mundo de individualismo extremo. Incluso más que, digamos, la violencia, ese es el mensaje que fluye del cable coaxial. Los personajes de la televisión pueden emplear la violencia para conseguir lo que quieren ahora, pero es el ''lo que quieren ahora'' lo que radica más cerca del núcleo del problema.

Este hiperindividualismo es un fenómeno relativamente nuevo en nuestras vidas. Durante la mayor parte de la historia, la gente ha puesto otra cosa cerca del centro: la tribu, los dioses, el mundo natural. Pero una sociedad de consumo no puede tolerar eso, porque tener algo más como centro entorpece el consumo.

Este llamamiento a nosotros como fragmentos individuales se vuelve cada vez más potente y preciso. La mayoría de las nuevas tecnologías tienen como premisa de su atractivo (especialmente a anunciantes) su habilidad de apuntar con puntería atemorizante nuestra localización y nuestras psiques.

Hasta ahora, los ataques a nuestro medio ambiente mental han sido principalmente desde afuera, pero estamos empezando a ver incursiones desde dentro también. Ya podemos ver una psicofarmacología de uso común, las filas de gente que necesitan medicinas del tipo crecen a causa de un malestar creciente: una redefinición gradual de nuestras debilidades, de nuestras pequeñas tragedias personales. Hay pastillas para la timidez, para el remordimiento después de las compras, para el estrés de la bancarrota personal… la carpa de la desazón colectiva se está llenando de gente. No falta mucho para que ingenieros genéticos puedan literalmente ajustar el cerebro de nuestros hijos, ofreciendo "extra-inteligencia" o tal vez docilidad, memoria mejorada al costo de significado devaluado. Individuos mejorados, al precio de lo que cualquier individalidad debiera significar en su calidad más dulce.

Pero. La mente humana y el corazón humano no están muertos aún; en efecto, hay señales de que hemos llegado al momento de resistencia, de que un millón de Vaclav Havels, aunque con frecuencia callados e inseguros precisamente de su misión, se están alzando de diferentes rincones para combatir este asalto. Si me preguntan de qué me acuerdo de la batalla del WTO en Seattle, no es del ardor de las balas de goma o el gas sofocante; es un globo altivo que se alzaba sobre la trifulca con este mensaje pintado a un costado: "Despiértense, Muggles". Si han leído Harry Potter, entienden: los muggles somos todos nosotros, viviendo en un mundo de magia pero incapaces de verla, concentrados como lo estamos en la televisión y el centro comercial. Pero estamos despertando, en números suficientes como para asegurar que habrá la misma lucha por el medio ambiente mental que la que ha habido por el físico. Y, por supuesto, las luchas se superpondrán.

Los ambientalistas mentales pueden perfectamente perder, como sus colegas en el mundo físico. Puede que el calentamiento global sea demasiado que vencer, así como la ingeniería genética o la distribución selectiva, o la simple habilidad de baño-caliente de esos diseñadores y vendedores que drenarían nuestras vidas por el avance de las suyas. Pero la lucha en sí misma representa posibilidades inmensas. La liberación del ensimismamiento está principalmente en la lucha por ayudar a otros y en la visión de un mundo que tiene sentido para nuestras mentes, un mundo donde ninguna idea ("compre") tenga por sí sola toda la influencia. Olvida la monocultura, en nuestros campos o en nuestras cabezas; imagina en su lugar mil comunidades diferentes, adaptadas a los lugares físicos que habitan, compartiendo perspectiva y diferencia, apreciando la pequeña escala y el gran corazón. Donde ningún músico venda diez millones de copias, sino que diez millones de músicos canten cada noche. Donde estemos liberados de la identidad y la idolatría del consumidor, para ser mucho más nosotros mismos. Donde recobremos nuestras mentes.

Bill McKibben es autor de ''The End of Nature, The Age of Missing Information'' y es el pionero detrás del movimiento 350.org. Su último libro es ''Earth: Making a Life on a Tough Planet''.

This essay was reprinted from Adbusters #38.