The Ecopsychology Issue

¿Por qué no puedo sentir lo que veo?

¿Qué felicidad se le ha negado a nuestra generación?

«Gameboys», de la serie Fogeys, por David Stewart

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No puedo seguirle el paso a mi abuelo. Cada vez que lo veo está de camino al gimnasio, va de excursión a pescar o tiene una cita con su «muñequita». Mi abuelo tiene 87 años (su muñequita tiene 90) y es una de las personas más felices que haya conocido. A mis 32 años, mi temperamento alegre parece disminuir en proporción inversa a mi edad y eso me hace preguntarme cómo es que mi abuelo, que creció pobre en Hell's Kitchen y peleó en el extranjero, es mucho más jovial y enérgico que yo.

El psicólogo Martin Seligman realizó dos estudios en los años 70 en los que se le preguntaba a personas de diferentes edades acerca de la depresión. Comparando las respuestas de diferentes generaciones, Seligman encontró que la gente más joven es más propensa a padecer depresión que la gente mayor. De hecho, un estudio descubrió que la gente que nació en el segundo tercio del siglo XX tenía diez veces más probabilidades de sufrir una depresión severa que los que nacieron en el primer tercio del siglo. Por lo tanto, estadísticamente, mi abuelo tiene una mayor probabilidad de ser feliz que yo. 

No lo entiendo. Fui el primer niño del vecindario en tener una Nintendo. Tuve un coche por mi 16 cumpleaños y no tuve que trabajar un solo día mientras estaba en la universidad (a menos que cuente vender pipas hechas en casa en los conciertos de Phish). Mi abuelo creció sin nada. Tuvo que abandonar la preparatoria durante la Depresión para ayudar a su familia y ganaba dinero sacando brillo a los zapatos de los borrachos de un bar cercano. ¿Por qué mi generación, que tiene relativa riqueza y privilegios, presenta índices de depresión más altos que cualquier otra generación?

Recurrí al filósofo francés Jean Baudrillard en busca de algo de iluminación acerca de este interrogante. Aparentemente, en el siglo XIX, por primera vez en la historia, los humanos comenzaron a requerir de una prueba observable de felicidad. De acuerdo con Baudrillard, la felicidad se convirtió en algo que debía ser medible en términos de ganancia material, algo que fuera evidente a la vista. Pero estoy rodeado de cosas y aún me siento desanimado. A mi edad, mi abuelo tenía menos pertenencias y más felicidad ¿Qué me dice de eso Sr. Baudrillard? Tal vez la gente de las generaciones anteriores —cuyas vidas se caracterizaron por un gran esfuerzo por sobrevivir— eran, paradójicamente, más saludables mentalmente (aunque no tenían iPods). Supongo que eso significa que con simplemente voltear a mi alrededor y ver todas mis encantadoras e innecesarias pertenencias (adquiridas con relativa facilidad) no me sentiré tan feliz como me sentiría si me estuviera partiendo el lomo para conseguir comida. Tal vez la ansiedad que siento no tiene nada que ver con mis pertenencias y, quizá, el problema está en mi cerebro.

El núcleo accumbens es una pequeña estructura en el cerebro localizada dentro del cuerpo estriado, el cual controla el movimiento, y está a un lado del sistema límbico, que está relacionado con las emociones y el aprendizaje. El accumbens es el puente principal entre nuestras emociones y nuestras acciones. Estas funciones emocionales y motoras están fuertemente relacionadas y se extienden a la corteza prefrontal, la cual controla nuestros procesos de pensamiento. Es a esta red accumbens-cuerpo estriado-corteza (el sistema crucial que vincula el movimiento, las emociones y el pensamiento) a la que se le ha denominado «circuito de recompensa cerebral».

Este circuito de recompensa se cree es la red neuroanatómica involucrada en la mayoría de los síntomas asociados con la depresión. De hecho, es posible correlacionar cada síntoma de la depresión con una parte del cerebro en este circuito. ¿Pérdida de placer?, el núcleo accumbens. ¿Pereza y respuestas motoras lentas?, el centro estriado. ¿Sentimientos negativos?, el sistema límbico. ¿Baja concentración?, la corteza prefrontal. El cerebro también está programado para obtener un profundo sentido de satisfacción y de placer si el esfuerzo físico produce algo tangible, visible y necesario para la supervivencia, por lo tanto, si salgo al campo y cosecho mi propia comida, mi circuito de recompensa se estimula, provocando una neurogénesis (producción de nuevas células cerebrales), lo cual se cree es un factor importante para recuperarse de la depresión. Desafortunadamente, no tengo un campo que cosechar.

Pero seguramente debe de haber otras formas de ganarme mi camino a la felicidad. Aparentemente, el factor clave en el escenario de esfuerzo-recompensa es el uso de las manos. Nuestras manos son tan importantes que moverlas activa áreas de la corteza cerebral más grandes que las que se activan al mover otras partes mayores de nuestro cuerpo, como la espalda o las piernas. ¿Qué pasaría si yo tratara de construir algunas de mis pertenencias: construir algunas de esas pruebas observables de felicidad de las que habla Baudrillard? Mi abuelo trabajó como artesano toda su vida, construyendo y tapizando muebles. En lugar de cosechar comida, producía objetos.

Consideré intentar algo similar, tal vez trabajando en una fábrica, pero luego leí a Guy Debord, quien afirma que «la separación general del trabajador y el producto tiende a eliminar cualquier comunicación personal directa entre los productores y cualquier sentido integral de lo que están produciendo». Coincidentemente, mi abuelo construía muebles para personas que él conocía. La mayoría de su trabajo era por encargo, diseñaba un producto único para una necesidad específica. Si yo trabajara en una fábrica, estaría armando bienes producidos en serie para consumidores anónimos. Los frutos de mi trabajo, sin duda, acabarían amontonados en el apartamento de otra alma melancólica moderna. Esto es a lo que Debord llama en «círculo vicioso del aislamiento».

A diferencia de las personas de mi generación que son definidas cada vez más por sus pertenencias, mi abuelo nunca tuvo mucho. Pero nunca se quejó de no tener porque estaba muy ocupado siendo. Quizá soy infeliz porque mis preocupaciones están invertidas: estoy demasiado preocupado en tener como para enfocarme en ser. La realización humana ya no está asociada con lo que soy, sino con lo que tengo. Debord dice que esta es la segunda etapa de la modernización, «en la cual la vida social se vuelve tan completamente dominada por los productos acumulados que causa un cambio del tener al aparentar, en la que todos los que "tienen" ahora deben obtener su prestigio inmediato a través de las apariencias». Por lo tanto, todo lo que necesito hacer para encajar en la sociedad moderna es aparentar ser el dueño de muchas cosas, pero en realidad no seré ni tendré nada. Necesito una imagen personal. Tal vez este es el signo visible de felicidad del que Buadrillard hablaba. Debo crear una imagen en la cual esconderme y esta imagen es lo único que puedo producir. ¿En verdad he sido reducido a una imagen cuyo único propósito es mezclarse y relacionarse con otras imágenes aparentemente compatibles? ¿La vida moderna es, en verdad, tan compleja?

Si le preguntamos a Gilles Deleuze y a Felix Guattari, la modernización es «un proceso a través del cual el capitalismo desarraiga y mueve lo que está asentado, elimina o destruye lo que impide la circulación y convierte lo excepcional en algo intercambiable». Esto se aplica tanto a cuerpos, símbolos, imágenes, lenguajes, parentescos, prácticas religiosas y nacionalidades, así como a las comodidades, la riqueza y la fuerza de trabajo. Por lo tanto, esta imagen de mí mismo que he creado puede ser comprada, vendida o canjeada pero ¿a dónde va?

Va al espectáculo. La voraz e insaciable bestia que consume todas las imágenes y no deja nada a su paso. El espectáculo es la sociedad, es una lente que absorbe tu imagen y no te da nada a cambio: ni un reflejo, ni una impresión, solo una representación que está más allá de tu control. La imagen que proyectas se une a otras imágenes de la sociedad «espectacular». Nunca volverás a ver tu imagen de nuevo. Nunca verás el espectáculo porque, al igual que tú, es solo una sombra en la pared de la caverna platónica. La imagen que he proyectado en este ensayo no soy yo, sino la imagen de una persona que dice ser yo. Todo lo que alguna vez fue vivido directamente se ha convertido en una mera representación. Ya no estás rodeado de objetos, dice Debrod, sino por un espectáculo:

Allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales. El espectáculo, como una tendencia para hacer que uno vea el mundo a través de varias mediaciones especializadas, no es identificable solo con la vista, aun cuando se combine con el oído. Es esto lo que se escapa de las actividades del hombre, lo que se escapa de la reconsideración y corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Donde sea que haya una representación independiente, el espectáculo se reconstituye a sí mismo.

Entonces, ¿cómo encontramos la felicidad que se le ha negado a nuestra generación? Dopándonos en una sumisión masiva al statu quo o derrotando al espectáculo que nos roba nuestra esencia singular. Se único. Usa tus manos. Sal y crea.

—Jeffrey Andreoni

Traducido por Translator Brigades[email protected].