Thought Control in Economics

La paradoja de la realización personal

Consumimos tres veces más que nuestros abuelos: ¿por qué no somos más felices?

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Una mañana de martes en junio, un hombre de Vancouver llamado Salim y su amada decidieron casarse. Dieron con un clérigo y, unas horas más tarde, en el parque Choklit, cayeron en la cuenta de que necesitaban un testigo. Yo cruzaba la calle cuando vi a tres personas haciéndome señas para que me acercase.

—Lo siento, tengo una reunión—, les dije cuando me pidieron ayuda.

—Serán diez minutos—, me aseguró él. —Diremos los votos, firmaremos el registro civil y ya te podrás ir.

Así que en Choklit Park (con vistas a las torres de despachos de Yaletown y a apartamentos valorados en un millón de dólares) Salim y su mujer hicieron sus juramentos solemnes. Me uní a estos desconocidos en una burbuja de felicidad colectiva e inesperada.

¿Qué nos puede enseñar esto sobre la felicidad y la economía? Bastante.

Durante cientos de años hemos creído que el aumento de la riqueza material nos hace más felices y hemos modelado el mundo en consecuencia: hemos construido hipermercados a lo largo de las autopistas a los que solo se puede llegar en auto, hemos construido vehículos cada vez más grandes que nos aíslan los unos de los otros y que emiten niveles peligrosos de carbono, trabajamos 40 horas a la semana (o más) para mantener este tren de vida. ¿Por qué creemos que ganar mucho nos hace felices?

—No evolucionamos con iPods y con coches de lujo—, explica Christopher Barrington-Leigh, economista de la Universidad de British Columbia. —¿Cómo íbamos tener un nivel de satisfacción preestablecido que relacionase lo material con cuán felices somos?

Durante cientos de años hemos creído que el aumento de la riqueza material nos hace más felices y hemos modelado el mundo en consecuencia.

Si bien no hay duda de que el mundo se ha vuelto más rico en los últimos 50 años, la mayor parte de los economistas expertos en el tema de la felicidad concuerdan en que esta y los niveles de satisfacción vitales se han mantenido constantes. Los Estados Unidos, por ejemplo, no han conseguido obtener niveles de felicidad superiores desde que acabó la Segunda Guerra Mundial, a pesar de que su PIB se ha cuadruplicado. Por su parte, el New York Times informó hace poco de que, mientras que los ingresos en China crecieron un 250 por ciento entre 1994 y 2007, los niveles de satisfacción vital sufrieron una disminución drástica. La paradoja de Easterlin, una teoría desarrollada en 1974, explica este fenómeno: el dinero nos hace felices hasta que alcanzamos un nivel de ingresos medios y, a partir de ahí, el efecto que tiene en la felicidad se ve en gran medida reducido.

De modo que si los todoterreno Hummers y los iPods no nos harán felices, ¿qué lo hará? En lugar de centrarnos en la acumulación de riqueza, deberíamos centrarnos en la calidad de nuestras relaciones humanas. Los economistas y científicos sociales han demostrado que los grupos con fuertes redes sociales suelen tener menores niveles de criminalidad, mayor bienestar infantil y sanidad pública y menos corrupción política… lo cual se traduce en mayor felicidad y satisfacción vital. Aquellas sociedades que son democráticas, apoyan la igualdad de género y aceptan con más facilidad a los grupos marginados, como inmigrantes y homosexuales, tienden también a ser sociedades más felices.

Entonces, en Choklit Park, el clérigo me alcanzó los documentos del matrimonio para que los firmase. Iba a llegar tarde a mi reunión, pero estaba sucediendo algo más importante: Salim y su nueva esposa me estaban confiriendo la confianza de firmar un documento que podría marcar el curso de sus vidas durante muchos de los años venideros. Las parejas casadas por lo general manifiestan mayor satisfacción vital que los que no lo están: un estudio indica que este matrimonio podría producir la misma felicidad que el que a Salim le cuadriplicasen los ingresos anuales (aunque si la propuesta de Salim fuese tan caprichosa como dijo, el efecto del matrimonio podría ser parecido al de ganar la lotería: un pico repentino de felicidad que disminuye con rapidez).

Los Estados Unidos no han conseguido obtener niveles de felicidad superiores desde que acabó la Segunda Guerra Mundial.

En la distancia, el sector del centro de la ciudad relucía con su productividad económica, pero en Choklit Park habíamos recreado un microcosmos de actividad prosocial, neutral desde el punto de vista financiero, generadora de felicidad, que le pasaría desapercibido al radar de la economía dominante. Como bien dijo el senador Bobby Kennedy a un grupo de estudiantes de Kansas:

«En resumen, [el PIB] mide todo, excepto lo que hace que la vida valga la pena».

¿Conseguirá liberarnos la feliconomía de los hipermercados y las interminables transformaciones del iPod? Lo más probable es que no, pero ahora se le presta atención. El gobierno de Bután ha seguido una política de Felicidad Interior Bruta desde 1972 y el presidente francés Nicolas Sarkozy anunció hace poco que los niveles de felicidad se tendrían en cuenta a la hora de medir el desempeño económico del país. Podemos esperar que en los próximos años estas ideas comiencen a influir en las políticas gubernamentales y, en el ínterin, abrirnos a nuestras comunidades y cosechar los dividendos de una rica vida social.

Ian Bullock es un escritor independiente de Vancouver que está trabajando en su primera novela.

Traducido por Translator Brigades[email protected].