Nihilism and Revolution

Concebir Lo Inconcebible

¿Cuándo pasa el crecimiento económico a ser crecimiento poco económico?
Dan Golden Inc. – Crazy New Shit

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Todas las sociedades se aferran a un mito en base al cual viven. El nuestro es el mito del crecimiento económico. Durante las últimas cinco décadas, la búsqueda del crecimiento ha sido el objetivo común más importante en las políticas de todo el mundo. La economía global tiene un tamaño casi cinco veces el de hace un siglo y, si continúa creciendo al mismo ritmo, tendrá 80 veces ese tamaño para el año 2100.

Este incremento extraordinario de la actividad económica global no tiene precedentes históricos: está reñido de forma flagrante con el conocimiento científico que tenemos acerca de la base de recursos finitos y la frágil ecología de la que dependemos para sobrevivir, y ya le ha acompañado el deterioro de un 60% de los ecosistemas de la Tierra.

En su mayor parte, evitamos la cruda realidad de estos números. Lo que se da por supuesto es que (dejando de lado las crisis financieras) el crecimiento continuará de manera indefinida; no sólo en los países más pobres, en los que es innegable que se necesita una mejora en la calidad de vida, sino también incluso en los naciones más ricas, en las que la cornucopia de la riqueza material influye poco en la felicidad y está comenzado a amenazar las bases de nuestro bienestar.

Las razones de esta ceguera colectiva se encuentran con facilidad. La economía moderna depende de forma estructural en el crecimiento económico para ser estable, por lo que cuando el crecimiento se vuelve inestable (como lo ha hecho en los últimos tiempos) a los políticos les entra el pánico. Las empresas intentan salir adelante, la población perdió su trabajo y, a veces, su casa, y se avecina una espiral de recesión. Se estima que cuestionarse el crecimiento es cosa de lunáticos, de idealistas y de revolucionarios.

Mas hemos de hacerlo. El mito del crecimiento nos ha fallado, le ha fallado a las dos mil millones de personas que viven con menos de dos dólares al día, le ha fallado a los frágiles ecosistemas de los que dependemos para sobrevivir. Ha fallado estrepitosamente, en sus propias palabras, a la hora de proporcionar estabilidad económica y asegurarse de que la población se pudiese ganar la vida.

Hoy por hoy nos encontramos haciéndole frente al final inminente de la era del petróleo barato; a la perspectiva (más allá de la burbuja que tuvo lugar hace poco) del incremento continuo de los precios de las materias primas; al deterioro de los bosques, lagos y suelos; a los conflictos sobre el uso de la tierra, la calidad del agua y los derechos de pesca; y al desafío trascendental de estabilizar las concentraciones de carbono en la atmósfera global. Y hacemos frente a estos cometidos con una economía que está en esencia destrozada, que necesita ser renovada con urgencia.

En estas circunstancias, no es una opción volver a hacer las cosas como hasta ahora. La prosperidad de unos pocos basada en la destrucción ecológica y la injusticia social reiterada no son las bases de una sociedad civilizada. La recuperación económica es vital, proteger los empleos de la población (y crear nuevos) es del todo esencial, pero también necesitamos de forma apremiante una nueva percepción de la prosperidad compartida, de un compromiso con la justicia y con la prosperidad en un mundo finito.

Llevar a la práctica objetivos como estos puede parecer un cometido extraño e incluso incongruente para la política en la modernidad, puesto que el papel de los gobiernos se ha enmarcado de forma muy estrecha en objetivos materiales y se ha vuelto vano en pos de una visión errónea de las libertades ilimitadas del consumidor. El mismo concepto de gobernanza también necesita renovarse con urgencia.Pero la crisis económica en curso nos brinda una oportunidad única de invertir en el cambio, de erradicar la mentalidad cortoplacista que ha afligido a la sociedad durante décadas, de reemplazarla por políticas capaces de abordar el enorme desafío que supone ofrecer una prosperidad duradera.

Ya que, a fin de cuentas, la prosperidad va más allá de los placeres materiales. Trasciende las preocupaciones materiales. Radica en la calidad de la vida y en la salud y la felicidad de las familias. Está presente en la fortaleza de las relaciones y en la confianza en la comunidad. Se pone de manifiesto por la satisfacción en el trabajo y la sensación de propósito compartido. Depende del potencial que tengamos para participar de forma plena en la vida en sociedad.

La prosperidad consiste en la capacidad de avanzar como seres humanos … dentro de los límites ecológicos de un planeta finito. El desafío de la sociedad es crear las condiciones en virtud de las cuales esto sea posible. Se trata del cometido más apremiante de nuestros tiempos.

Tim Jackson, de (traducción literal del título en inglés) "Prosperidad sin crecimiento", sd-commission.org.uk.

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