Nihilism and Revolution

El espíritu de rebelión

Hay etapas en la vida de las sociedades en la que la revolución pasa a ser una necesidad.

Eros Hoagland/Redux

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Hay etapas en la vida de las sociedades en las que la revolución pasa a ser una necesidad imperiosa, en las que se revela como inevitable. Germinan nuevas ideas por doquier, intentando abrirse camino, encontrar una utilidad en la vida, pero se enfrentan constantemente a la fuerza de inercia de aquellos a los que les interesa mantener el antiguo régimen, se ahogan en la atmósfera sofocante de los prejuicios y de las tradiciones. Las ideas establecidas sobre la constitución de los Estados, las leyes que mantienen el equilibrio social, las interrelaciones políticas y económicas de los ciudadanos, ya no se sostienen ante la severa crítica que las mina cada día. [...] Las instituciones políticas, económicas y sociales se hunden; estructura ahora inhabitable, entorpece, impide el desarrollo de los gérmenes que se generan dentro de sus agrietados muros y nacen a su alrededor.

Se empieza a sentir la necesidad de una vida nueva. El código de la moralidad establecida, la que gobierna a la mayor parte de las personas en su vida diaria, ya no parece ser suficiente. Nos percatamos de que algo semejante, que otrora parecía justo, es una flagrante injusticia: la moralidad de ayer se reconoce hoy como de una inmoralidad indignante. Estalla el conflicto entre las nuevas ideas y las antiguas tradiciones en todas las clases de la sociedad. [...] La conciencia popular se subleva a diario en contra de los escándalos que se producen en el seno de las clases de los privilegiados y de los ociosos, en contra de los delitos que se cometen en nombre de la ley del más fuerte o para mantener los privilegios. Aquellos que quieren el triunfo de la justicia, aquellos que quieren poner en práctica las nuevas ideas, se ven obligados a reconocer que la puesta en práctica de sus ideas generosas, humanitarias, regeneradoras, no puede tener lugar en la sociedad, tal y como está constituida: comprenden la necesidad de un vuelco revolucionario que limpie todo ese moho, que avive con su aliento a los corazones aletargados y lleve a toda la raza humana la dedicación, la abnegación, el heroísmo, sin los cuales una sociedad se envilece, se deteriora, se descompone. […]

En periodos de carrera desbocada en busca de la riqueza, de especulación febril y de crisis, de la súbita caída de grandes industrias y de la efímera expansión de otras ramas de producción, de fortunas escandalosas amasadas en unos pocos años y dilapidadas igual de rápido, se torna evidente que las instituciones económicas que controlan la producción y el intercambio están lejos de darle a la sociedad la prosperidad que se supone que tienen que garantizar. Provocan exactamente el resultado opuesto. En lugar de orden, traen el caos; en lugar de la prosperidad, la pobreza y la inseguridad; en lugar de intereses conciliados, la guerra: una guerra perpetua del explotador contra el trabajador, de los explotadores y de los trabajadores entre ellos mismos. La sociedad se está dividiendo a ojos vista cada vez más en dos campos hostiles y, al mismo tiempo, subdividiéndose en miles de grupitos que se hacen la guerra sin piedad los unos a los otros. Harta de estas guerras y de las desgracias que causan, la sociedad se apresura a buscar una nueva organización. Pide a gritos una remodelación total del sistema de propiedad de bienes, de producción, de intercambio de todas las relaciones económicas que se le derivan. […]

La maquinaria gubernamental, a la que se le ha confiado el mantenimiento del orden existente, todavía funciona. Pero, con cada giro de sus deteriorados engranajes, tropieza y se detiene. Su funcionamiento se vuelve cada vez más difícil y el descontento, acrecentado por sus defectos, va siempre en aumento. Cada día surgen exigencias nuevas. «Reformen tal cosa», «reformen tal otra», se grita por todas partes. «La guerra, las finanzas, los impuestos, los tribunales, la policía, habrá que remodelar, reorganizar, establecerlo todo sobre una nueva base», dicen los reformistas. Y sin embargo, todos entienden que es imposible rehacer, remodelar nada, porque todo está interrelacionado; habría que rehacerlo todo al mismo tiempo; ¿y cómo reformar, cuando la sociedad está dividida en dos campos abiertamente hostiles? Satisfacer a los que están descontentos sería generar más descontento.

Incapaz de llevar a cabo reformas, ya que esto sería implicarse en la revolución, y, al mismo tiempo, demasiado impotente para ser reaccionario sin ambages, los gobiernos se dedican a medias medidas que a nadie pueden satisfacer y que solo causan más descontento. Las mediocridades que se encargan en tales periodos de transición de dirigir la nave del estado solo piensan en una cosa: enriquecerse, visto que la debacle es inminente. Atacados por todos los flancos, se defienden de mala manera, se andan con rodeos, cometen necedad tras necedad y pronto se las apañan para cortar ese último cabo de salvación; ahogan el prestigio del gobierno en el ridículo de su propia incapacidad.

En periodos así, la revolución se impone. Se vuelve una necesidad social; la situación es una situación revolucionaria.

Cuando estudiamos en las obras de nuestros mejores historiadores la génesis y el desarrollo de las grandes convulsiones revolucionarias, encontramos por lo general bajo el encabezamiento «La causa de la revolución», un cuadro explicativo de la situación previa a los acontecimientos. La miseria del pueblo, la inseguridad general, las medidas vejatorias del gobierno, los odiosos escándalos que ponen de manifiesto los enormes vicios de la sociedad, las ideas nuevas que se debaten por abrirse camino y que chocan con la incapacidad de los que apoyan el régimen precedente, nada falta. Al contemplar ese cuadro, uno llega a la convicción de que la revolución era en verdad inevitable, de que no había otra salida más que la vía de los hechos insurreccionales. [...] Pero, entre estos apacibles razonamientos y la insurrección a la rebelión, hay todo un abismo: el abismo que, para la mayor parte de la humanidad, media entre el razonar y la acción, el pensamiento y la voluntad, la necesidad de actuar. ¿Cómo se ha salvado entonces este abismo? [...]

¿Cómo esas palabras, tantas veces pronunciadas antaño y que se perdían en el aire como el repicar vano de las campanas, se convirtieron finalmente en actos?

La respuesta es sencilla. Es la acción, la acción continua, renovada sin cesar, de las minorías, lo que opera esta transformación. El valor, la dedicación, el espíritu de sacrificio, son tan contagiosos como la cobardía, la sumisión y el pánico.

¿Qué formas tomará la agitación? Pues bien, todas las formas, las más variadas, que le serán dictadas por las circunstancias, los medios, las disposiciones. En ocasiones lúgubre, en ocasiones burlona, pero siempre atrevida, en ocasiones colectiva, en ocasiones estrictamente individual, no dejará de lado ninguno de los medios que tenga a su alcance, ningún acontecimiento de la vida pública, a fin de mantener el espíritu despierto, de propagar y formular el descontento, de espolear el odio hacia los explotadores, de ridiculizar a los gobernantes, exponer sus debilidades y, especialmente y siempre, de despertar al valiente, al espíritu de rebelión, preconizando con el ejemplo.

Cuando se desata una situación revolucionaria en un país, antes de que el espíritu de la revolución esté lo suficientemente despierto en las masas como para expresarse en manifestaciones tumultuosas en las calles, o en forma de disturbios e insurrecciones, es mediante la acción cómo las minorías consiguen despertar ese sentimiento de independencia y ese espíritu de osadía sin los que no se habría podido lograr ninguna revolución.

Los hombres valientes, que no se dan por satisfechos con las palabras, sino que intentan ponerlas en práctica, hombres íntegros para los que el acto es uno con la idea, para los que la cárcel, el exilio y la muerte son preferibles a una vida contraria a sus principios, hombres intrépidos que saben que es necesario atreverse para poder tener éxito, esos son los centinelas perdidos que se enzarzan en el combate, mucho antes de que las masas estén lo suficientemente acaloradas para izar abiertamente la bandera de la insurrección y manifestarse, con las armas en la mano, por la conquista de sus derechos. [...] Quienquiera que tenga un conocimiento siquiera rudimentario de historia y una mente más o menos despejada sabe perfectamente por anticipado que una propaganda teórica para la revolución se traducirá necesariamente en actos, mucho antes de que los teóricos hayan decidido que el momento de actuar ha llegado.

No obstante, los teóricos cautos se enfadan con los locos, los excomulgan, los condenan al anatema. Pero los locos ganan simpatías, la masa del pueblo aplaude en secreto su audacia y encuentran imitadores. [...] Los actos de protesta ilegal, de rebelión y de venganza se multiplican.

A partir de ese momento la indiferencia es imposible. [...] Mediante acciones que llaman la atención general, la nueva idea se infiltra en las mentes y se gana adeptos, [...] despierta el espíritu de rebelión: hace germinar el atrevimiento. [...] El pueblo se percata de que el monstruo no es tan terrible como se creía; empieza a entrever que bastarán unos pocos esfuerzos enérgicos para derrocarlo. La esperanza nace en los corazones y recordemos que, si la exasperación a menudo conduce a los disturbios, es siempre la esperanza de la victoria la que hace las revoluciones.

El gobierno resiste: despiadado en su represión. Pero, si antaño la represión mataba la energía del oprimido, ahora, en periodos de efervescencia, produce el efecto contrario. Provoca nuevos actos de rebelión, individual y colectiva; lleva a los rebeldes al heroísmo y en rápida sucesión esos actos se ganan nuevas capas, se generalizan, se desarrollan. Al bando revolucionario lo fortalecen elementos que hasta el momento le eran hostiles o que se pudrían en la indiferencia. La disgregación se extiende al gobierno, a las clases dominantes, a los privilegiados: unos defienden la resistencia a ultranza, otros están a favor de hacer concesiones y los hay que, además, llegan al punto de declarar que están dispuestos a renunciar por el momento a sus privilegios, a fin de apaciguar el espíritu de rebelión, libres de volverlo a dominar más adelante. La cohesión del gobierno y de los privilegiados se ha roto.

La clase dominante puede volver a intentar recurrir a una reacción feroz. Pero ya no es el momento; la lucha no hace sino agudizarse y la revolución que se avecina solo será más sangrienta. Por otro lado, la mínima concesión de las clases dirigentes, dado que llega demasiado tarde, dado que se han hecho con ella en la lucha, solo sirve para espolear el espíritu revolucionario todavía más. El pueblo que antes se habría dado por satisfecho con esta concesión, se percata de que el enemigo flaquea: anticipa la victoria, siente aumentar su valentía y los mismos hombres que antaño, abrumados por la miseria, se daban por satisfechos con suspirar a escondidas, levantan ahora la cabeza y se manifiestan orgullosos para conquistar un futuro mejor.

Al fin, la revolución estalla, tanto más violenta cuanto que encarnizadas fueron las luchas que la precedieron.

Traducción propia de la versión original francesa L’Esprit de Révolte [El espíritu de rebelión] de Pyotr Kropotkin (1880) y de su versión inglesa.

Traducido por Translator Brigades[email protected].