The Freedom From Want

Suicidio en Facebook

Destruye tu cuidada imagen virtual en cuatro fáciles clics.

Fotografía de Geoffry Cottenceau y Romain Rousset, 2005

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En marzo, en la cúspide de la popularidad de Facebook, me quité. Con cuatro rápidos clicks de ratón, cancelé mi cuenta. Se fue totalmente la persona virtual que había creado para mi misma —perfil, fotos, intereses y actividades, histórico de trabajos, amigos— todo cuidadosamente pensado más allá de la vitrina del mundo, mi mejor versión de mí, todo borrado.

Irónicamente, la decisión de destruir mi cuidada imagen virtual dió como resultado el querer incrementar mi perfil. Toda esa semana en particular estuve hambrienta de citas en mi página, de algo que reflejase la semana que había tenido: algo instrospectivo. Busqué en webs de citas y encontré esta que se atribuye a Aristóteles:

«Somos lo que hacemos reiteradamente».

Me sentí abatida. ¿Entonces qué era yo? Si gastaba mi tiempo en cambiar mi foto de perfil en Facebook, en pensar una actualización de estado inteligente para Facebook, en revisar mi perfil de nuevo para ver si alguien había comentado mi página, ¿esto es lo que soy? ¿Una persona que visita contínuamente sus propios pensamientos e imágenes durante horas al día? ¿Y hasta qué punto? ¿soy una egoista? ¿una voyeur?

Fuese cual fuese la etiqueta, me sentía triste y vacía. La cantidad de tiempo que gasté en Facebook me había empujado a una crisis existencial. No era el tiempo desperdiciado per se lo que me molestaba. Era la naturaleza de la obsesión; propiamente autoobsesión. Suficiente era suficiente. Dejé Facebook.

En el pasado, mis sentimientos hacia Facebook y redes sociales similares habían oscilado entre un sentimiento genuino de conexión y comunidad y la incómoda percepción de que todo lo que estaba en nuestros blogs, diarios online y perfiles personales realmente respondía a un serio narcisismo. Mientras mis sentimientos acerca de esta sobreexposición continuaban creciendo, la solución obvia hubiese sido ponerle límites a mi tiempo en Facebook, sin embargo, me seguía quitando tiempo en periodos mayores cada vez que entraba. En parte, eran los cientos de pequeños links y las trazas de las vidas ajenas los que me hacían volver. Pero era más adictivo, incluso, el sin fin de posibilidades para introducir, ampliar y revelar más de mí misma.

Los baby-boomers fueron una vez la generación más egocéntrica de la historia americana y se les etiquetó como la Generación del Yo. En los últimos años este título ha sido apropiado, deformado y reasignado por los bebés de esos mismos boomers —los nacidos entre los años ochenta y noventa— ahora llamados la Generación del Yo y la Generación Mírame. La autora Jean Twenge, profesora asociada de la Universidad de San Diego y un miembro de la Generación del Yo, pasó diez años investigando el sentido de etiquetación y autoembebimiento de este grupo. Les atribuye el individualismo radical engendrado por los padres del baby-boom y por los educadores insististentes sobre la autoestima de los niños que comenzó en los setenta. Los niños americanos y canadienses crecieron bajo los aforismos «exprésate» y «sé tu mismo».

Para ilustrar en profundidad este punto, Twenge encontró un gran incremento de palabras autoreferenciales como «yo», «mío» o «yo mismo» en los libros publicados en los ochenta y noventa. Esas palabras reemplazaban palabras colectivas como «nosotros», «humanidad», «país» o «multitud» encontradas en libros de naturaleza similar entre los cincuenta y sesenta. Esta generación podría ser la menos pensativa, orientada a la comunidad y concienciada de la historia norteamericana.

Al final, ¿qué nos aportan estos largos brazos de la autopromoción online? Quizá es meramente un componente de la búsqueda para aliviar la oscuridad que econtramos en el vacío existencial de la vida moderna. Como Schopenhauer una vez apuntó, los humanos modernos quizá estén condenados a vacilar eternamente entre la aflicción y el aburrimiento. Para la gran mayoría de gente que experimenta el fragmentado y cambiante mundo del 2008, un domingo pausado al final de una herética semana puede hacerles darse cuenta de la falta de contenido de sus vidas. Así que actualizamos nuestros perfiles online y nos decimos que estamos saliendo.

Y sin embargo, el tiempo que malgastamos en Facebook solo hace nuestra búsqueda de confort y comunidad más elusiva. Las redes sociales están siendo vendidos como facilitadores de las relaciones comunitarias, pero cuando pienso en los millones de personas —yo incluida— que pasan grandes porciones de sus vidas alimentado un intercambio de miles de imágenes computerizadas y fragmentadas, me doy cuenta de que esto no hace nada por el acercamiento comunitario. Estas imágenes no tienen significado más allá de «estoy guapa desde este ángulo» o «estoy borracho» o «mira quién es mi nuevo novio». Y mientras seguimos persiguiendo esto con más ahinco —accediendo a facebook desde el trabajo, subiendo imágenes desde nuestros teléfonos móviles— gastamos dinero en mejorar nuestros aparatos electrónicos vendiendo nuestra tendencia al egocentrismo y presentando un desinterés particular e imágenes repetitivas de nosotros mismos. Tiene que haber algo más que esto.

Y entonces lo dejé…

Tras dejar Facebook, me pregunto qué van a pensar mis amigos, familiares y conocidos cuando se den cuenta que he desaparecido del planeta Facebook. Sin embargo, algo de mi narcisismo de Facebook —de lo que me doy cuenta y de lo que no— permanece. Pero también me estoy haciendo nuevas preguntas. ¿Cómo encontrar equilibrio entre mi vida online y mi vida «real»? ¿Cúanta exposición es saludable? ¿Cómo actuar de forma responsable para mí y para los que comparten mi vida? Estos siguen siendo «mis» pensamientos pero me siento diferente ahora. Mientras me siento aquí, con el teclado bajo mis manos, con los ojos en el monitor, intento recordarme que mis manos y mis ojos necesitan aventurarse en la comunidad y mirar y tocar la verdad tangible que yace justo bajo esa otra gran pantalla: mi ventana.

Carmen Joy King

Traducido por Translator Brigades[email protected].