East and West

Hipsters

El punto muerto de la civilizaciĆ³n occidental.

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Nuestra civilización se encuentra en un callejón sin salida donde la contracultura ha mutado para convertirse en un vacío estético ególatra. Así que, a pesar de que el hipsterismo sea el producto final de las contraculturas anteriores, se le ha despojado de su subversión y originalidad y está dejando una generación estérilmente obsesionada con la moda, la pseudoindividualidad, el capital cultural y los productos de diseño.

Estoy sorbiendo una espumosa pinta de cerveza turbia en un garito de moda convertido en club nocturno en el corazón del distrito de la heroína. Frente a mí hay un puñado de tipos hippy-grunge-punk, que se arremolinan unos junto a otros y se cachondean colectivamente de las leyes anti-tabaco dando caladas a hurtadillas con cara de «que se jodan», deleitándose en su rebeldía mientras unos empleados demacrados y tambaleantes hacen la vista gorda.

El DJ pincha una selección de MP3s de su MacBook, haciendo una mezcla de sonidos como si trocease una colección de una lista de éxitos de antaño, desde DMX hasta Dolly Parton, pero hechos un mix con bajos tecno distorsionados.

—Así que... ¿esto es una fiesta hipster?— pregunto a la chica que está sentada a mi lado. Lleva pendientes de colgantes grandes, una camiseta de cuello de pico, gafas de ver que no necesita y una sofocante chaqueta de lana.

—Yeah, solo mira a tu alrededor, ¡el 99 por ciento de la gente que está aquí son hipsters totales!

—¿Eres tú una hipster?

—Ni de coña—, dice mientras se ríe al beber lo que le queda en el vaso, antes de largarse hacia la pista de baile.

Desde que los aliados bombardearon el eje para someterlo, la civilización occidental ha tenido una sucesión de movimientos contraculturales que han cuestionado enérgicamente el statu quo. Cada década tras la guerra ha visto la quiebra de los estándares sociales, tumultos y la lucha por revolucionar cada aspecto de la música, el arte, el gobierno y la sociedad civil.

Pero, después de que el punk fuese plastificado y el hip hop perdiese su ímpetu por el cambio social, todas las corrientes anteriores de contracultura se han fundido en una sola. Ahora, es un batiburrillo transatlántico de estilos, gustos y conductas el que ha acabado por definir la, por lo general, indefinible idea de «hipster» o «moderno».

Como apropiación artificial de diferentes estilos de diferentes décadas, los hipsters representan el final de la civilización occidental: una cultura perdida en la superficialidad de su pasado e incapaz de crear ningún significado nuevo. No solo es insostenible, es suicida. Mientras que los movimientos previos de la juventud han desafiado la disfunción y la decadencia de sus mayores, hoy tenemos hipsters: una subcultura de los jóvenes que refleja la superficialidad a la que está abocada la sociedad dominante.

Hipsters

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Date un paseo por la calle de cualquiera de las principales ciudades de Norteamérica o Europa y las verás, con toda seguridad, moteadas de veinteañeros pendientes de la moda que pasan el rato y llevan una serie de marcas de estilo predecibles: pantalones de pitillo, mallas, bicicletas de piñón fijo, camisas de leñador, gafas de pega y palestinas: usadas en un principio por estudiantes judíos y manifestantes occidentales para expresar solidaridad con el pueblo palestino, las palestinas se han convertido en un accesorio de moda estereotipado para los hipsters, que carece de significado alguno.

Las camisetas de pico, las cervezas Pabst Blue Ribbon y los cigarrillos Parliament son símbolos e iconos de las clases trabajadoras o revolucionarias de los que la moda hipster se ha apropiado y ha despojado de significado. Hace diez años, a un hombre que llevase una camiseta de pico y se bebiese una Pabst nunca se le acusaría de ser un seguidor de las tendencias de moda. Pero en 2008, estas cosas se han convertido en estereotipos descarados de una clase de individuos que buscan escapar de su propia alcurnia y privilegios al sumergirse en la estética de las clases trabajadoras.

Esta obsesión con el «credo de la calle» alcanza la cumbre del absurdo al haber adoptado los hipsters recientemente de forma entusiasta las bicicletas de piñón fijo como único medio de transporte aceptable, solo para instalar frenos en una máquina que se define por la carencia de ellos.

Amantes de la apatía y la ironía, los hipsters están conectados a través de una red global de blogs y tiendas que impulsan una visión global enraizada en la estética de la moda. Con una ligera asociación con algunas formas de producción creativa, van a fiestas de moda, hacen películas de baja fidelidad con cámaras analógicas, van en sus bicicletas hasta bares nocturnos y sudan en un ambiente cargado de música disco y coca. Los hipsters tienden a publicar religiosamente en sus blogs sus hazañas diarias, normalmente hojeando revistas que han definido generaciones como Vice, Another Magazine y WallPaper. Este estilo de vida superficial y estilizado les ha hecho granjearse antipatías en todas partes.

«Estos zombies modernos... son los ídolos de las páginas de moda, los preferidos por los vendedores que difunden sus productos de persona a persona y el blanco de agentes inmobiliarios rapaces», escribió Christian Lorentzen en un artículo del Time Out New York titulado Why the Hipster Must Die [Por qué el hipster debe morir]. «Y deben ser enterrados para que las tendencias puedan renacer».

Con nada que defender, mantener o siquiera abrazar, la idea de hipsterismo es blanco fácil para las críticas. Y, sin embargo, su irónica falta de autenticidad es la que ha permitido al hipsterismo crecer hasta convertirse en un fenómeno global listo para consumir los movimientos más centrales de la contracultura occidental. La mayor parte de los críticos se esfuerzan en atacar la falta de individualidad del hipster, pero es su ofuscamiento obstinado lo que les distingue de sus predecesores, al mismo tiempo que permite al hipsterismo transformarse y mezclarse fácilmente con otros movimientos sociales, subculturas y estilos de vida.

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Fuera de una de esas fiestas artísticas, cerca de una fila bien hecha de bicicletas de piñón fijo, me topo con un par de chicas, paradigma de la homogeneidad hipster. Le pregunto a una de ellas si el estar en una fiesta de arte, con gafas de pega, leggins y una camisa de franela a cuadros la convierte en una hipster.

—No me siento a gusto con ese término—, responde.

Su amiga añade, con un leve destello de amenaza en sus ojos:

—Sí, no sé, no deberías usar esa palabra, es...

—¿Ofensiva?

—No... es solo que... si no sabes por qué, no deberías ni usarla.

—Ok. Chicas, ¿que hacéis esta noche después de la fiesta?

—Umm... vamos a un after.

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A Gavin McInnes, uno de los fundadores de Vice, que dejó la revista hace poco, se le considera uno de los principales artífices del hipsterismo. Pero, en contraste con la mayoría de los tipos de los medios implicados, McInnes, cuyos «síes y noes» han definido la moda hipster durante una década, es más crítico que aquellos que hacen la crítica.

«Siempre me ha parecido que esa palabra [hipster] se usa con mucho desdén, como si siempre la usaran blogueros rechonchos que ya no se comen un rosco y están aburridos, y simplemente están tan furiosos con esos jóvenes porque salen, se emborrachan, se divierten y van a la moda», dice. «Desconfío de esas hipótesis porque ya se le ve el plumero a quien las formula».

Los punkis llevan sus trapos hechos jirones y sus chaquetas de cuero llenas de tachones con honor, orgullosos de sí mismos por sus formas innovadoras y baratas de expresión personal y rebelión. Los b-boys y las b-girls se presentan a cualquiera con sus pendientes, ropa ancha y radiocasetes. Pero es raro, si no imposible, encontrar un individuo que se declare hipster con orgullo. Es una extraña danza de la propia identidad: negar rotundamente tu existencia cuando llevas símbolos bien característicos que lo proclaman.

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—¡Tiene 17 y vive de la imagen!— me susurra una chica mientras miro de reojo la foto de un chaval que baila contra una de las paredes bajo la opaca luz de un rincón del after. Lleva un corte de pelo hecho por él, pantalones de pitillo, chaqueta de cuero, una camiseta punk de la vieja escuela y zapatillas altas estilo funky.

—Sácame una foto—, pide, andando, cigarro en boca, ensayando una pose y exhalando. Prueba diferentes ángulos con una expresión firmemente inexpresiva y se marea un poco cuando le enseño los resultados.

—Rad, gracias—, dice, volviendo a la música y sumergiéndose de nuevo en el sudoroso nerviosismo de la multitud, donde continúa su cabeceo inquieto con tironcillos ocasionales.

La pista de baile de una fiesta hipster debería entrecomillarse. Mientras que tanto los que bailan punk, como música disco y hip hop tienen estilos de baile que te absorben, que son íntimos y activos y que por eso liberan al bailarín de sus estados mentales (ya sea el b-boy con sus giros de cabeza o los golpes violentos de un concierto punk en directo) el hipster al bailar resulta ridículo en comparación. Un falso encogimiento de hombros que se burla de la idea misma de bailar o, en el mejor de los casos, que ilustra un miedo evasivo a expresarse tipificado en un extraño tirón y/o giro irónico. Los bailarines son demasiado conscientes de sí mismos como para permitirse sentir cualquier tipo de liberación; caminan arrastrando los pies, encogiéndose de hombros, indiferentes.

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Hipsters Hipsters

Quizá la verdadera motivación tras esta deliberada despreocupación sea un intento de atraer la atención de los siempre presentes fotógrafos de fiestas, que nadan entre la multitud como tiburones de neón, destellando pequeñas ráfagas de éxtasis fosforescente cuando ven a alguien con la valía como para inmortalizarlo momentáneamente.

Al reparar en unos destellos de luz procedentes del baño del club, echo un vistazo dentro y me encuentro con un fotografucho que toma parte en una improvisada sesión fotográfica de porno blando. Dos chicas y un chico se están quitando la ropa y están poniendo poses para una serie de horribles fotos glamurosas. Todo son amplias sonrisas satisfechas hasta que otra chica mete la cabeza dentro y chilla: «No eres ningún chico conocido en la Nueva York de los noventa. ¡Esta mierda es tan hipster!», lo que provocó una pelea de gatitas que hizo que me retirase rápidamente.

En muchos sentidos, el estilo de vida promovido por el hipsterismo está altamente ritualizado. No hay duda de que muchos de los asistentes a fiestas que están sujetos a los objetivos de los fotoblogueros salen arrastrándose de la cama la tarde siguiente y reviven inmediatamente el libertinaje de la noche anterior. Con los ojos rojos y llorosos, se acurrucan frente a sus portátiles, abriéndose camino con dificultad en un océano de parecidos para encontrar su emocionante (y momentáneo) instante de ensayada «modernidad».

Lo que puede que sepan o no es que los «cazatendencias» se ocultan en los mismos sitios, tomando nota de cómo visten, y que estos mercaderes y promotores de fiestas consiguen sus pagas al hacerse con la cultura de la juventud y revenderla por un beneficio. Al final, a los hipsters se les vende lo que creen que inventan y se les da machacadito su sustento cultural de serie.

El hipsterismo es la primera «contracultura» nacida bajo el microscopio de la industria de la publicidad, dejándola abierta a una manipulación constante, pero también obligando a sus participantes a cambiar continuamente de intereses y afiliaciones. Más que una subcultura, los hipsters son un grupo de consumidores: usan su capital para comprar rebelión y autenticidad vacua. Pero en el momento en que una tendencia, grupo de música, sonido, estilo o impresión gana demasiada fama, se la considera con repentino desdén. Los hipsters no pueden permitirse el mantener ninguna lealtad cultural o afiliación por miedo a perder relevancia.

Amalgama de su propia historia, a la juventud occidental solo le queda el consumirla en lugar de crearla. Los movimientos propios del espíritu cultural de las épocas pasadas siempre los ha desencadenado una indignación exacerbada; se trata de movimientos reaccionarios. Pero los cuidados que el hipster se prodiga en aislamiento y en su ensimismamiento no hacen nada para alimentar la evolución cultural. El pozo de la civilización occidental se ha secado. La única forma de evitar darse de bruces con el coloso del fracaso social que amenaza en el horizonte consiste en que los jóvenes abandonen esta existencia vana y empiezen de nuevo.

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«¡Si no te importa una mierda, a nosotros menos!» canta un presentador antes de que se atajen sus provocaciones de forma repentina al desconectar el cable y encender las luces.

Se hace el amanecer y los últimos de los afters empiezan a volcar a las calles. Los hipsters rompen filas, se frotan los ojos y examinan los alrededores buscando el camino de vuelta por donde vinieron. Algunos se suben a sus bicicletas de piñón fijo, otros llaman a un taxi, mientras que unos pocos saltamos una valla y atajamos por la zona industrial de unos pisos en construcción cercanos.

Los pisos a medio construir nos dominan como auguradores monolitos de nuestro futuro de yuppies. Echo un vistazo a una de las chicas que lleva una palestina rosa brillante y una Polaroid y pienso, «con solo llevar piedras en lugar de cámaras, pareceríamos revolucionarios». En lugar de eso ignoramos las armas que yacen a nuestros pies: indiferentes a nuestra desaparición inminente.

Somos una generación perdida, que se aferra con urgencia a cualquier cosa que parezca real, pero demasiado asustada como para serlo nosotros mismos. Somos una generación derrotada, resignada a la hipocresía de aquellos que vinieron antes que nosotros, quienes una vez cantaron canciones revolucionarias y ahora nos las venden. Somos la última generación, la culminación de todo lo acontecido, destruida por la insipidez que nos rodea. Los hipsters representan el fin de la civilización occidental: una cultura tan distante y desconectada que ha dejado de alumbrar nada nuevo.

Doublas Haddow tiene 28 años; es un escritor canadiense, diseñador, realizador de vídeos y entusiasta de los medios. Tiene un blog: PBLKS.com.

Traducido por Translator Brigades[email protected].