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Control mental en economía

Un alto nivel de conformismo en las instituciones académicas hacen difícil para los economistas placar los problemas mundiales más acuciantes.

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El economista ecológico Bill Rees comenzó a enseñar en la Escuela de Planificación de la Universidad Británica de Columbia (UBC) hace tres décadas. Cuando en una presentación mostró cómo la Baja Mainland de la Columbia Británica había excedido su capacidad para soportar su población y sugirió que la humanidad como un todo podría estar acercándose al tope de su capacidad global; él no esperaba la reacción que le sobrevendría.

Uno de los economistas más conocidos de la UBC y Canadá le dijo, de la forma más académica, que la historia ha demostrado que Rees estaba equivocado y que dicha capacidad era irrelevante.

Bill Rees
Bill Rees

«Me mencionó economistas que no habían hecho más que abolir los conceptos de límite de crecimiento y que si persistía en esa línea de investigación mi carrera académica en la UBC sería "desagradable, salvaje y corta"», Rees me lo cuenta sentado en una cafetería del campus. «Irónicamente, ese fue el estímulo que me llevó a seguir con el concepto de huella ecológica».

Rees ha conseguido el estatus de una estrella del rock por ser conocido como el inventor del Análisis de la Huella Ecológica: una medida de la demanda humana de los ecosistemas de la tierra y los recursos naturales. Su teoría se ha convertido en un instrumento a la hora de ayudar a la gente a replantearse el impacto en la Tierra y sus conferencias tienen tanta demanda que le hacen tener poco tiempo para su vida personal. Pero Rees no tiene intención de bajar el ritmo mientras la humanidad está en curso de colisión con la naturaleza.

«Hasta que la sociedad no se dé cuenta de que la defectuosa lente neoclásica orientada al crecimiento ha sido utilizada para guiar decisiones económicas que distorsionan la realidad y que estamos abocados a un desastre natural, no soy muy optimista sobre el destino de la humanidad a largo plazo», nos confía.

Pero tras tres décadas cuestionándose si el mundo puede continuar soportando nuestros hábitos de consumo, Rees ha tenido problemas al convencer a sus colegas economistas de que su modelo necesita una revisión general.

«A lo largo de los años, un cierto número de estudiantes pasa por el departamento de economía para matricularse en mi asignatura de economía ecológica», dice. «Entonces dejaron de venir. No pensé mucho en ello, pero hace un par de años me topé con un estudiante que me dijo: "Ya sabes, el departamento de economía no da créditos por tu asignatura. No lo consideran economía de verdad"».

Lo que Rees me cuenta encaja con lo que he aprendido a través de charlas informales con estudiantes de diferentes universidades. Cuando les explico que mi investigación implica analizar qué se enseña en los cursos introductorios de economía, hay una reacción muy común que empieza por una mueca o un gruñido.

«Tuve que cursar micro y macroeconomía en el primer año de mi carrera en Desarrollo Internacional», explica Alexis Crabtree, un alumno de la Universidad de Calgary. «Aunque las cursase con uno de los profes más populares de la universidad, con un tío de los que siempre ganan los premios de enseñanza, las odiaría. Creo que están aparte de la vida real y parece que para lo único que la economía es buena es para argumentar contra mis perspectivas políticas. Para mí, hay otras consideraciones más allá de aumentar las existencias y las curvas de demanda, como la justicia social, pero no había ni la más mínima discusión sobre este tipo de cosas».

Las noticias en estos días están llenas de historias que muestran cómo la economía global se vuelve cada vez más vulnerable al cambio climático causado por los humanos. El miedo al cambio climático ha dado paso a los subsidios para los biocombustibles, lo que ha resultado en escasez de cereales, precios al alza, hambre y disturbios. El precio de la gasolina sugiere que el pico del petróleo esta sobre nosotros, prometiendo muchos años de dificultades y caras transiciones para nuestras voraces y contaminantes economías. Y, aunque gente como Rees haya inventado nuevas herramientas para entender qué ocurre cuando la economía presiona los límites ecológicos, parece que en los campus universitarios solo la corriente principal del pensamiento económico, que niega estos límites, parece tener el sello de aprobación oficial. Los grandes asuntos de nuestro tiempo —y las teorías que podrían ayudar a explicarlos— no se discuten en las clases de economía en las universidades.

Robert Nelson
Robert Nelson

He decidido comprobar con algunos de los economistas disidentes más prominentes por qué la corriente principal de la economía tiene este monopolio en nuestro pensamiento económico.

Robert Nelson tiene todas las acreditaciones que se esperan de un economista de la corriente dominante y liberal, pero no es defensor a ultranza del liberalismo económico. Pero en una carrera de movimientos limitados, empezó a interesarse por los paralelismos entre creencias religiosas y económicas, lo que le llevó a escribir un par de libros sobre el tema. Desde que esos libros fueron publicados, no ha vuelto a ser bienvenido a la fiesta. Como él dice, existe una «ortodoxia sobre lo que es permisible», da un paso más allá de esa línea y tus colegas dejarán de invitarte a seminarios y cortarán tus publicaciones en las principales revistas de tu profesión. «Desde el punto de vista de la mayoría de los economistas —reconoce— no me dedico a la economía».

John Davies
John Davies

John Davies es un historiador bien considerado del pensamiento económico reciente que imparte clase en las universidades de Wisconsin y Ámsterdam. Concuerda con que a los economistas que se apartan del redil de la corriente dominante se les aparta de sus puestos en las universidades, de sus conferencias y de las principales publicaciones. Un modo en que la corriente dominante hace esto es insistiendo en que solo la «economía formal» tiene mérito: la economía basada en abstractos modelos matemáticos. «Si tu trabajo no tiene carácter formal, estás excluido —explica—, pero creo que los economistas más heterodoxos argumentarían que esto es realmente un modo de disciplinar perspectivas que son inaceptables o críticas con la corriente principal».

A pesar de su interés en economía feminista, el historial de publicaciones de Julie Nelson es tan impresionante que se le considera cualificada para ocupar uno de los 30 mejores departamentos de economía de las universidades de los Estados Unidos. Pero se siente decepcionada por el estado de la corriente dominante.

Julie Nelson
Julie Nelson

«Nosotras, las economistas feministas, hemos sido ignoradas asiduamente», dice refiriéndose a su colegas neoclásicos. «Realmente nadie ha intentado enfrentar la crítica feminista en términos de "necesitamos reexaminar nuestras suposiciones". Vemos muy poco avance en ese sentido».

Estos hechos son síntomas de la existencia de un sistema que domina y controla el pensamiento económico. Pero nadie sabe más sobre cómo a las ideas desagradables se les priva de ser expresadas en los departamentos de economía y de mancillar las mentes de los estudiantes curiosos como Fred Lee, un profesor de la Universidad de la ciudad de Missouri-Kansas. Él ha documentado más de un centenar de casos donde a los economistas que no bebieron la soda del neoclasicismo se les ha hecho a un lado: un problema que empezó hace más de un siglo cuando las clases trabajadoras empezaron a aprender por sí mismas la teoría marxista.

Fred Lee
Fred Lee

«Los economistas prominentes del momento temen que si los trabajadores entendiesen la teoría marxista, la clase trabajadora se daría cuenta de cuán malamente están siendo explotados», dice. «Temiendo esto, lo que podría conducir a un fervor revolucionario, los economistas buscarían reformular la teoría económica para neutralizar la crítica marxista. Han limitado su teoría neoclásica al mirar a hechos inocuos como cómo se producen los cambios de precios. También buscarían probar que todo el mundo es pagado exactamente de acuerdo a su contribución a la sociedad, infiriendo que los trabajadores no están explotados y que no hay base alguna para que los trabajadores pidan un reparto más justo del pastel».

Escuchar a Lee me hizo darme cuenta de que hay una avalada tradición en economía de evitar preguntas sobre quién consigue la riqueza, quién se beneficia y quién pierde con las diferentes políticas económicas. Pero ha habido momentos en los que fue posible explorar otras escuelas de pensamiento.

El control de la corriente dominante sobre el pensamiento económico se consolidó durante la histeria del McCartismo en los 50. En los sesenta, las universidades estadounidenses ya habían hecho limpieza con los economistas disidentes. Sin embargo, últimamente, esto ha minado la credibilidad de esta disciplina. Dentro del movimiento de lucha por los derechos civiles que florecía en América, las protestas contra la guerra de Vietnam se extendían por los campus, los movimientos independentistas ganaban fuerza en África, así como los crecientes síntomas de una crisis medioambiental; la tendencia dominante en economía que era impartida en salas de conferencias parecía marchita e impertérrita a la conmoción que tenía lugar más allá de las ventanas de las aulas de las universidades. Los estudiantes tomaron cartas en el asunto y organizaron grupos de estudio sobre teorías económicas alternativas. En 1970, el propio Lee descubrió la vasta literatura escrita por los economistas heréticos.

Eventualmente, las universidades acaban siendo infectadas por economistas que criticaban la corriente dominante abiertamente: esos mismos estudiantes autodidactas que han estudiado fuera del canon establecido y han conseguido licenciaturas y puestos de profesores. «Durante un corto periodo de tiempo, muchos departamentos toleraban tener un par de economistas disidentes en sus filas —recuerda Lee— pero con la oleada del neoliberalismo en los ochenta, aquellos que hacen las preguntas importantes son condenados, de nuevo, al ostracismo, degradados y expulsados de las universidades. En la última década, las asociaciones profesionales de la corriente dominante han convencido a los organismos que proveen fondos en Reino Unido, en toda Europa, Australia y Nueva Zelanda de que las otras escuelas de pensamiento económico no están cualificadas para recibir fondos para investigación».

Pregunto a Lee si los economistas consiguen puestos de profesor y dinero para sus investigaciones porque, como ellos exponen, tienen la mejor teoría —en efecto, la mejor trampa— mientras que los economistas con otras perspectivas tienen teorías que no funcionan.

«La corriente principal económica no tiene la mejor trampa», insiste Lee. «La mayor parte de la teoría neoclásica no tiene valor alguno a la hora de explicar cualquier problema económico socialmente relevante; en muchos sentidos, como la teoría creacionista, falla al ofrecer algo más que explicaciones superficiales de lo que la mayor parte de nosotros observamos en el mundo».

Quizá Lee ha visto demasiadas cazas de brujas contra los economistas que se han perdido de la partitura de la canción neoclásica y ahora ve la oscura sombra de la supresión en cualquier lugar. Después de todo, tiene que haber explicaciones no tan siniestras al hecho de por qué solo variaciones de la misma antigua y simplista teoría pueden ser enseñadas, y enseñadas de una forma tan carente de crítica. David Colander, quien es una rareza entre los economistas por ser aceptado tanto en los campos de la corriente dominante como en campos alternativos, sugiere que la perpetuación de la teoría dominante es simplemente el resultado de la pereza intelectual.

«Es más fácil enseñar lo que siempre has enseñado, un modelo que ha pasado de padres a hijos una y otra vez», dice Colander. «Los economistas tienen buenos trabajos, están en el centro de la sociedad, viajan por todo el mundo, tienen prestigio, ¿por qué abrir entonces una lata de gusanos si puedes evitarlo?».

Vuelvo a Lee y le pregunto si hay otros factores, además del de intentar defender el statu quo, que puedan explicar por qué los profesores evitan las preguntas más profundas de los estudiantes. ¿Por qué no son diligentes para introducir teorías económicas competentes para que así los estudiantes puedan formar sus propias opiniones?

«El hecho de que los directores ejecutivos ganen millones mientras sus trabajadores luchan por el salario mínimo ni se examina en las aulas ni se muestra en el modelo de la corriente dominante ya que tiene que ser completamente consistente con los propios mercados de trabajo y tiene que liderar el mejor de los mundos posibles», dice Lee. «Esto, por supuesto, hace a los estudiantes que están implicados con estos hechos inclinarse por otras disciplinas, ya que no encuentran ningún punto en el pensamiento económico para lo que quieren saber y hacer. Así que, generalmente, solo los estudiantes que no se hacen preguntas consiguen un doctorado y llegan a ser profesores con las mismas perspectivas que aquellos profesores que les enseñaron».

Al principio, estas conversaciones me desanimaron. Aquí estamos, en una emergencia que concierne a todo el planeta, en un tiempo en el que necesitamos nuevos jóvenes graduados con un entendimiento real de lo que está mal en el mundo, con las habilidades para ayudar a la humanidad a elegir un nuevo rumbo. ¿Y qué aspiran producir los departamentos de economía? Individuos entrenados para no reconocer los síntomas de un colapso inminente, entrenados para ignorar la terrible desigualdad, entrenados para celebrar los desechos despilfarrados, entrenados para ser estrechos de mente y apáticos a la hora de enfrentarse a nuevas disciplinas.

Sin embargo, hay signos que sugieren que la era del control mental en economía está llegando a su fin. Complejos sistemas teóricos nos dicen que en el momento en que un sistema arraigado y estable acumula tensión, eventualmente se dirige a un cambio repentino, que reorganizará el sistema. Las tensiones que tiran de la corriente dominante están creciendo. Un determinado número de recientes premios Nobel de economía han sido premiados por investigar el que está siendo el primer atisbo de apertura del modelo de la corriente dominante. Los economistas disidentes se están organizando, están dando conferencias, ganando premios, publicando en revistas y atrayendo a una nueva ola de estudiantes. Una vez más, los cursos del pensamiento mayoritario están perdiendo credibilidad tanto por sus estudiantes como por los modelos económicos de juguete con los que juegan en una clase cada vez más separada de la alarmante vista que se vislumbra desde las ventanas de la clase. Profesores de otras facultades están desafiando a los economistas por entender y aplicar de forma errónea el conocimiento prestado de las psicología, de la biología y de la física. Un creciente cuerpo de investigaciones sobre la felicidad, en gran parte formado por economistas, muestra que la mayoría de las políticas promovidas por los economistas de la tendencia mayoritaria constituyen una buena receta para minimizar la felicidad en este rincón del universo. Un grupo de jóvenes rebeldes economistas, con sus mentolados doctorados en mano, no se muestran predispuestos a pasar las tres siguientes décadas de sus vidas dentro del aprobado confinamiento del recinto de la economía neoclásica.

El economista John Kenneth Galbraith una vez observó que las ideas pueden ser echadas por tierra por «la arremetida masiva de circunstancias que ellas no pueden contener». El sistema de control del pensamiento económico no es capaz por más tiempo de retrasar el despertar de la humanidad frente al ataque de noticias que muestran que hemos sobrepasado los límites de nuestro planeta. Y conociendo los límites, seremos capaces de abandonar la errática persecución de crecimiento que demanda una explotación sin control de las gentes y el planeta. Podemos esbozar ideas largo tiempo mantenidas al margen para construir un mundo mejor: un mundo con menos conflictos, más risas y huellas más modestas.

Traducido por Translator Brigades[email protected].