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Boko Moko Tesch Haram

Algún día quizás tú también quieras unirte.
LOUISE GUBB

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Así que estás sentado en una cafetería, bebiendo a sorbitos tu caffè latte con la mirada fija en el iPad y crees que sabes lo que está pasando, ¿eh? Ojeas unas imágenes y lees las últimas noticias sobre unos tipos que andan bastante jodidos en un lugar lejano y que llevan la cara tapada blandiendo sus AK-47 y RPG. Son los enemigos, eso dicen. Por suerte, estás leyendo prensa «progre» así que estás obteniendo un buen análisis en profundidad y no solo desprecio instintivo por lo que sea que reivindica esa gente. Te parece que tienen alguna que otra queja legítima, pero sobretodo que son unos fanáticos.

Así que ahora estás informado sobre algunos de los brotes de barbarie ultraislamista que surgen en algunas partes del mundo. Crees que quizás hayas conseguido atar tú solito alguno de los cabos sueltos sobre el origen de este fenómeno. Ahí es cuando sigues bajando la página y todo se jode otra vez.

Te informas sobre esos locos en Nigeria que se hacen llamar Boko Haram. Quieren derrocar totalmente los valores culturales y económicos occidentales (Boko Haram significa literalmente «la educación occidental es pecaminosa») y son tan fanáticos de su causa que juran matar a cualquiera que les critique.

¿Cómo es esto posible? Hasta tus profes de letras saben que este tipo de relativismo cultural es injustificable. Nuestros gobiernos, ONG, fuerzas de paz y líderes empresariales saben lo que hacen, digo yo, y construyen colegios para las hijas de estas personas y reparten caramelos y cepillos de dientes a los niños sin zapatos, ¿no? Tocas la pantalla con el dedo y comienza un vídeo en el que uno de esos tipos de Boko Haram dice «la democracia no es un decreto de Dios» y «siento placer matando, de la misma forma que me da placer matar pollos».

¿Qué diablos ocurre con esta gente? ¿De dónde viene su aterradora lógica distópica? ¿Qué es lo que quieren y por qué creen que pueden obtenerlo tirando bombas sobre los edificios del gobierno, las plazas públicas y hasta las iglesias? Nosotros en Occidente nos hemos hecho más sabios después de nuestras fallidas veladas en Vietnam, Afghanistan e Irak. Ahora sabemos cómo evitar que nos salga el tiro por la culata. ¿Verdad?

Así que ahora solo te queda una conclusión: «Dios mío, deben de ser unos bárbaros sanguinolentos, criaturas malvadas que necesitan ser sometidos». Pero todavía hay algo que no te convence. Cuanto más indagas, te vas dando cuenta de que hay miles de millones de personas ahí afuera viviendo en un estado de extrema pobreza que en Occidente consideraríamos inhumano e inimaginable… Así que entiendes que no tenemos ni idea de lo que cuesta mantener un mínimo de cohesión social en estos lugares desesperados… y si escarbas un poquito más en el tema, quizá comiences a pensar que a lo mejor esos rebeldes sean la avanzadilla de una revuelta global multifacética contra el capitalismo de estilo Occidental: usura, petroestados, Lady Gaga, Coca Cola, el FMI, el Banco Mundial, todo este chiringuito decadente tan conveniente para algunos…

Luego pinchas un vídeo de un minidocumental que muestra a un hombre africano que no ha comido desde hace días llevando su cabra medio muerta al mercado en un último intento desesperado por comprar algo de comida para su hambrienta familia… vender la última cabra que la sequía de este año todavía no ha matado… ahí está, sentado en la pantalla de tu tablet, al sol toda la tarde y nadie quiere comprar su cabra porque ¿quién quiere comprar una cabra escuálida que se está muriendo?

De repente te das cuenta de que el mismo mundo que permite que un hombre se muera de hambre en un lugar sin nombre agarrado a una cabra vieja y sucia, es el mismo mundo que vende todoterrenos y aparatos de aire acondicionado y zapatos de tacón de aguja por 1000 dólares y refrescos Super Big Gulps a menos de 24 horas en cualquier dirección desde donde se encuentra ese mismo hombre que se está muriendo; el mismo mundo que en este mismo momento te ofrece ofertas de viajes en la esquina de tu pantalla porque Google sabe, basándose en el tiempo que llevas navegando en esta página, que te interesa África y quizá quieras viajar hasta allí.

Levantas las manos de la tablet y calientas las puntas de tus fríos dedos con el cartón de tu taza de café para llevar. Te enfadas un poco con tanta injusticia. Sientes algo de pena. Sigues bajando por la página otro poco…

En este mismo instante, hay en Nigeria, Níger y Burkina Faso, a lo largo y ancho de África y Oriente Medio y en otras partes del planeta un dolor, sufrimiento y muerte horrorosos. Quizás creas que para nosotros en Occidente las cosas tienen un aspecto desolador: quizás pierdas tu casa y tu trabajo, suban las tasas educativas y tal vez no te puedas permitir tomar tus caffè lattes por las mañanas, pero en lugares como en el Norte de Nigeria, la sequía inducida por el cambio climático —mayoritariamente provocada por nosotros en Occidente— está diezmando a millones de personas… Y sabes que solo va a ir a peor…

Si estás viviendo como ese tipo con su cabra, en un mundo donde la muerte está siempre al acecho, a la vuelta de la esquina, ¿entonces quizás no sea tan inconcebible que un día te levantes pensado que quizás tú también quieras unirte a Boko Haram?

Si es así, que Dios nos pille confesados…

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