Are We Happy Yet?

Economía ocupada

Breve historia del primer siglo empresarial.

CHRISTOPH GIELEN

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Esta mañana estaba arrancando una hiedra venenosa; parecía que me enfrentaba a la descorazonadora perspectiva de arrancar más de cien plantas, pero descubrí que, si hundía el dedo enguantado hasta la raíz y tiraba con cuidado, podía llegar hasta otras raíces y tallos que había en mi jardín abandonado, para luego quitar de golpe partes enteras con bastante facilidad. Sin tirar de una sola de las plantas, al arrancar la raíz salían todas las que estaban a la vista y muchas otras que no había visto con la maleza. Cuando era adolescente me moría por viajar a Estados Unidos para ver «cómo viven otros». Ahora la verdad es que ya se puede ver cómo viven con independencia de dónde se esté, ya que la misma publicidad, las mismas cadenas y la misma televisión, radio y conglomerados de empresas de los medios impresos, en su mayor parte, han sustituido a los EE.UU. por los mismos centros comerciales de carretera, de costa a costa. A todo el mundo le estalla la cabeza con las mismas canciones y los jóvenes «se sienten identificados con» el mismo puñado de logos de empresas y de personajes que salen en los medios. Las «noticias» empresariales informan de cómo a personas reales que interpretan a personajes de ficción les va su reproducción y rehabilitación. Mientras limpiaba mi jardín estadounidense de plagas tóxicas, la cabeza se me fue a la imagen de las cadenas de tiendas dispuestas a lo largo de la autopista; cada centro comercial un manojo de hojas, conectados por una cable invisible de raíz. Me imaginé que iba conduciendo a través del país en una gran autopista interestatal arrancando cadenas de tiendas a mi paso, ayudando a liberar una tierra que se ahoga en una sucesión de uniformidad.

Las corporaciones modernas eran básicamente ilegales cuando se fundaron los Estados Unidos (a los colonos ya les había llegado con las sociedades británicas). En el nuevo país, se podían formar, reunir capital público y repartir los beneficios con los accionistas solo para actividades específicas que beneficiasen al público, como construir carreteras o canales; las licencias empresariales eran temporales y las sociedades tenían prohibido intentar influir en las elecciones, en la legislación, en las políticas públicas o en la vida civil. Imagínenselo.

Pero desde un principio, los hombres de mentalidad empresarial ansiaban el poder, llevando a Thomas Jefferson a escribir en 1816: «Espero que... acabemos ya en su nacimiento con la aristocracia de nuestras sociedades adineradas, que ya se atreven a retar al gobierno a una prueba de fuerza y desafían las leyes del país».

Durante el siglo inmediatamente posterior a la Revolución Estadounidense, los legisladores mantuvieron el control del proceso de aprobación de las escrituras de constitución de las corporaciones, pero básicamente lo perdieron a medida que una serie de decisiones judiciales establecieron los «derechos» y la «personalidad» de las mismas. Esas leyes han sido catastróficas para la democracia, con implicaciones planetarias.

A la globalización empresarial se le ha denominado «el rediseño más esencial de las disposiciones sociales, económicas y políticas que ha tenido lugar desde la Revolución Industrial». Las empresas han puesto fin a cualquier poder real económico o político de los gobiernos. De los cien países más ricos y sociedades listados conjuntamente, más de la mitad son sociedades. ExxonMobil es más rica que 180 países: y solo hay unos 195 países. Sin las responsabilidades o los gastos de una nación, las sociedades pueden innovar y producir con una rapidez y a una escala sin precedentes, pero también pueden llevar a cabo actos de enorme destrucción medioambiental y declarar beneficios.

Su comportamiento se debe a su gran libertad de acción y a su responsabilidad limitada por el daño causado. Lo que es más, los accionistas «son titulares» y se benefician de la sociedad, pero su «responsabilidad limitada» implica que los accionistas no pueden perder más dinero del invertido; no se les responsabiliza de nada de lo que la empresa hace. Si así fuera, sabrían de qué empresas «son titulares» y por qué, y puede que exigieran responsabilidad empresarial e invirtieran con más cuidado. Pero como no lo son, no lo hacen.

Lo que es más, si una corporación puede beneficiarse más arruinando a una comunidad, la ley dice que debe hacerlo. Puede que el caso más famoso de la legislación en materia de empresas lo decidiera el Tribunal Supremo de Michigan en 1919, cuando los hermanos Dodge (sí, esos hermanos Dodge) demandaron a Henry Ford. Ford quería que los beneficios revirtieran en la empresa y los empleados. «Mi ambición es dar empleo todavía a más hombres», el New York Times citó a Ford diciendo, «extender los beneficios de este sistema industrial al mayor número posible de personas, para ayudarlas a crearse una vida y una casa. Para hacerlo, estamos reinvirtiendo la mayor parte de nuestros beneficios en el negocio». Los jueces plantearon una breve pregunta: ¿para qué sirve una corporación? Se respondieron a sí mismos diciendo que eran «en primera instancia para el beneficio de los accionistas», no para el beneficio de los empleados o de la comunidad. Los gestores de las sociedades —con independencia de sus escrúpulos personales o de su deseo de «hacer el bien»— están obligados a anteponer siempre los beneficios.

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El imperativo de maximización de los beneficios crea una presión continua para tirar los residuos en la propiedad común y trasladar los costes resultantes al público a través de subsidios, limpieza de la contaminación a costa del contribuyente y actuaciones semejantes. En donde tirar los residuos es ilegal, a las sociedades se les puede multar por quebrantar la ley. Estas multas a menudo pasan a ser «el precio de hacer negocios», cuando los accionistas saben que a las corporaciones nunca se las manda a la cárcel y que algunas son «demasiado grandes para (que se les permita) caer». Y siempre que los controles gubernamentales se vuelvan molestos, los deseos empresariales también acaban con ellos, apoyando y colocando a funcionarios cooperantes y luego forzando la eliminación de «barreras» reguladoras (conocidas formalmente como: «protecciones públicas»).

Sin embargo, podemos imaginarnos cómo un gobierno con una mentalidad más orientada hacia el público habría lidiado con las sociedades propensas a los riesgos. En la Segunda Guerra Mundial, el gobierno estadounidense se hizo con el control de algunas empresas alemanas en los Estados Unidos. Evidentemente, no tendría sentido tener plantas químicas alemanas en suelo estadounidense mientras nos sumíamos en una guerra con Alemania. No se destruyeron las empresas, solo las controló el gobierno durante un tiempo; algunas todavía existen. Cuando los fabricantes de automóviles se metieron en graves problemas y se declararon en bancarrota en 2009, el gobierno federal intervino para controlar la gestión durante una temporada. No es que se llevaran a cabo medidas punitivas, pero podemos hacernos una idea de las medidas con las que las empresas que actúan como malos ciudadanos tendrán que convivir durante un tiempo, pongamos por caso, con sus activos congelados —tal vez sin comerciar— mientras el gobierno del pueblo se dedica a enseñar a hacer su trabajo a los directivos.

En la vida real, tal y como la conocemos, el imperativo de maximización de beneficios implica que una empresa que intente actuar de forma responsable incurre en una desventaja competitiva. Las implicaciones son por lo general un aluvión de catástrofes, porque básicamente todo el dinero del mundo está por tanto bajo presión para actuar de manera irresponsable. Cualquier otro impulso debe resistir a esa corriente.

El dogma de fe fundamental de la empresa, su objeto de adoración, su grial y su sustento: el crecimiento. Un crecimiento impulsado sin cesar por nuevos recursos acabados de desenterrar y mano de obra barata, un crecimiento alimentado por un número en aumento de, cada vez más cebados, consumidores. El crecimiento se ha producido a lo largo de la historia como resultado del progreso tecnológico y de una población creciente, y se volvió una de las aspiraciones centrales de las políticas gubernamentales sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero el planeta Tierra no puede crecer. No a un ritmo superior al que acumula polvo estelar, en cualquier caso. Si la economía «crece» mientras se agotan recursos como el agua, los bosques y los caladeros, no es crecimiento: solo es hinchar más burbujas. Sin embargo, puesto que nuestro sistema económico muestra un amor incondicional por el crecimiento, no cunde la alarma por algunas burbujas, pero cuenten con esto: cuanto más grande sea esta, peor será la explosión.

El primer siglo empresarial, el siglo XX, fue un periodo de crecimiento explosivo. A pesar de que hasta 150 millones de seres humanos murieron en enfrentamientos bélicos entre el 1900 y el 2.000, la población mundial se cuadruplicó. El uso de la energía aumentó dieciséis veces. La pesca —que alcanzó su punto álgido  a finales de los ochenta— aumentó treinta veces. La enorme cantidad de cosas que se usan anualmente circulan con tal número de ceros que resulta pasmosa: 275.000.000 toneladas de carne, 370.000.000 toneladas de productos de papel, etcétera. Increiblemente, de todas las materias de la Tierra que las manos de los seres humanos han transformado alguna vez, la mitad del total de esa transformación de materias ha tenido lugar a partir de la Segunda Guerra Mundial.

«Es imposible que la economía mundial salga de la pobreza y del deterioro medioambiental mediante el crecimiento», escribe el economista Herman Daly, preocupado por los recursos, porque la economía es un «subsistema del ecosistema terrestre, que es finito, no crece y tiene un abastecimiento material limitado».

¿Y los economistas creen que la solución a los problemas que tenemos es más crecimiento? Hemos estado equivocados por completo. Sin embargo, más desarrollo: esa sí es una propuesta diferente. «Crecimiento» quiere decir aumentar de tamaño añadiendo; «desarrollo» quiere decir desarrollar potenciales, mejorar.

Dado que el mundo ya está bastante explotado, ahora el crecimiento pone en peligro el desarrollo. En un mundo poscrecimiento, mediríamos cosas como colectividad y satisfacción, sustituiríamos esta dinámica desenfrenada de la pescadilla que se muerde la cola de lo material, con la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad que se derivan del desarrollo, no del crecimiento. No los confundamos.

Cuando las condiciones oceánicas son difíciles, algunas medusas «decrecen». No solo pierden grasa o adelgazan; sino que incluso pierden células y simplifican algunas de sus estructuras. Cuando las condiciones mejoran, vuelven a crecer. Dado que añaden células nuevas y les vuelven a crecer estructuras (no solo vuelven a engordar), lo que en verdad sucede es que rejuvenecen: son más jóvenes de lo que eran. En el extremo opuesto, Edward Abbey observó hace ya mucho tiempo que el crecimiento por el crecimiento continuo es la estrategia del cáncer. Sabiendo lo que sabemos hoy en día, parece que el mundo no puede producir lo suficiente para salir de la pobreza a base de crecer, pero podríamos, sin lugar a dudas, salir de ella a base de reducir.

Carl Safina ha recibido la beca MacArthur y ha sido invitado en el programa de televisión de la PBS Saving the Ocean [Salvar el océano]. Este ensayo figuró por primera vez en el libro The View From Lazy Point.

Traducido por Translator Brigades[email protected].