Terapia política

El arte de la desvinculación masiva.

Nick Whalen

¿Qué ocurre si la sociedad ya no puede resistir los efectos destructivos del capitalismo exacerbado? ¿Y si la sociedad no es capaz de resistir el poder devastador de la acumulación financiera?

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Tenemos que disociar la autonomía de la resistencia. Y si queremos hacer esto, tenemos que disociar deseo y energía. El enfoque predominante del capitalismo moderno ha sido la energía: la habilidad de producir, de competir, de dominar. Algo que podríamos denominar energolatría, el culto a la energía, ha dominado el sentido cultural del Oeste, desde Fausto a los futuristas. La creciente disponibilidad de la energía ha sido su dogma. Ahora sabemos que la energía no es ilimitada. En la psique social del Oeste la energía se está desvaneciendo. Creo que deberíamos cuestionar el concepto y la práctica de la autonomía desde este punto de vista. El cuerpo social es incapaz de reafirmar sus derechos contra la autoridad salvaje del capital porque la búsqueda de los derechos nunca puede estar disociada del ejercicio del poder.

En los años 1960 y 1970, cuando los trabajadores eran fuertes, no se limitaban a pedir sus derechos y manifestar su voluntad de forma pacífica. Actuaban en solidaridad, negándose a trabajar, redistribuyendo las riquezas, compartiendo cosas, servicios y espacios. Por su parte, los capitalistas no se molestan en pedir o manifestarse, ni en declarar su deseo: lo imponen. Hacen que las cosas ocurran; invierten, desinvierten, desplazan; destrozan y construyen. Solo la fuerza hace posible la autonomía en la relación entre el capital y la sociedad. Pero ¿qué es la fuerza? ¿Qué es la fuerza hoy en día?

La identificación del deseo con la energía ha provocado que se identifique la fuerza con la violencia que resultó tan maligna para el movimiento italiano en las décadas de los 70 y 80. Tenemos que distinguir entre energía y deseo. La energía está decayendo, pero el deseo tiene que ser conservado. De manera similar, debemos distinguir entre fuerza y violencia. Luchar contra el poder con violencia es suicida o inútil hoy en día. ¿Cómo podemos pensar que los activistas puedan enfrentarse a organizaciones profesionales de asesinos como Blackwater, Haliburton, los servicios secretos y las mafias?

Solo el suicidio ha mostrado su eficiencia en la lucha contra el poder. Y es más, el suicidio ha sido decisivo en la historia contemporánea. El lado oscuro de la multitud se encuentra aquí con la soledad de la muerte. La cultura activista debería evitar el peligro de convertirse en una cultura del resentimiento. Reconocer la irreversibilidad de las tendencias catastróficas que el capitalismo ha inscrito en la historia de la sociedad no significa renunciar a ella. Al contrario, en la actualidad tenemos una nueva misión cultural: vivir lo inevitable con el alma relajada, asumir una gran tendencia a la retirada, la desvinculación, la deserción de la escena de la economía, la no-participación en el falso espectáculo de la política. El enfoque crucial de la transformación social es la singularidad creativa. La existencia de singularidades no debe concebirse como una forma de salvación personal, puesto que pueden convertirse en una fuerza contagiosa.

Cuando pensamos en la catástrofe ecológica, en las amenazas geoestratégicas, en el colapso económico provocado por la política financiera del neoliberalismo, es difícil disipar la sensación de que las tendencias irreversibles ya están en marcha en la maquinaria mundial. La voluntad política parece paralizada frente al poder económico de la clase criminal.

La edad de la civilización social moderna parece encontrarse al borde de la desintegración y es difícil imaginar cómo podrá reaccionar la sociedad. La civilización moderna estaba basada en la convergencia e integración de la explotación capitalista del trabajo y de la regulación política del conflicto social. El estado regulador, heredero de la Ilustración y del socialismo ha sido el guardián de los derechos humanos y el agente negociador del equilibrio social. Cuando, al final de una feroz lucha de clases entre el trabajo y el capital —y dentro de la misma clase capitalista— la clase financiera se ha hecho con el poder mediante la destrucción de la regulación legal y está transformando la composición social, el edificio entero de la civilización moderna ha comenzado a derrumbarse.

Anticipo que en los próximos años habrá revueltas aisladas, pero no debemos esperar mucho de ellas. Serán incapaces de tocar los verdaderos centros de poder debido a la militarización del espacio metropolitano y no serán capaces de ganar mucho en términos de riqueza material o de poder político. Así como la gran ola de protestas morales antiglobalización no pudo destruir el poder neoliberal, las insurreciones no encontrarán una solución a no ser que afloren y extiendan una nueva conciencia y una nueva sensibilidad, cambiando la vida diaria y creando zonas autónomas atemporales ancladas en la cultura y en la conciencia de la red global.

La proliferación de singularidades (la búsqueda del retiro y la construcción de zonas autónomas atemporales) será un proceso pacífico, pero la mayoría conformista reaccionará de manera violenta y esto ya está ocurriendo. La mayoría conformista está asustada por la fuga de la energía inteligente y simultáneamente está atacando la expresión de la actividad inteligente. La situación puede ser descrita como una lucha entre la ignorancia masiva producida por el totalitarismo de los medios y la inteligencia compartida del intelecto general.

No podemos predecir cuál será el resultado de este proceso. Nuestra tarea consiste en extender y proteger el campo de la autonomía y evitar lo más posible cualquier contacto violento en el terreno de la ignorancia agresiva de las masas. La estrategia de la retirada sin confrontación no siempre será exitosa. A veces la confrontación se hará inevitable por el racismo y el fascismo. Es imposible predecir qué debería hacerse en caso de un conflicto no deseado. Una respuesta no violenta es claramente la mejor elección, pero no siempre será posible. La identificación del bienestar con la propiedad privada está tan profundamente arraigada que la barbarización del medio ambiente no puede ser completamente excluida. Pero el cometido del intelecto general es exactamente este: huir de la paranoia, crear zonas de resistencia humana, experimentar con formas autónomas de producción empleando métodos de alta tecnología y baja energía mientras se evita la confrontación con la clase criminal y la población conformista.

La política y la terapia serán una misma actividad en los años venideros. Las personas se sentirán desesperadas y deprimidas y sufrirán pánico porque son incapaces de lidiar con la economía postcrecimiento y porque se sentirán perdidos sin su diluida identidad moderna. Nuestra misión cultural consistirá en atender a esas personas y sanarlas de su demencia enseñándoles el camino a una adaptación feliz. Nuestro trabajo deberá consistir en la creación de zonas sociales de resistencia humana que actúen como zonas de contagio terapéutico. El desarrollo de la autonomía no es totalizador ni pretende destruir o abolir el pasado. Como la terapia psicoanalítica debería ser considerado un proceso sin fin.

Franco Bifo Berardi es un filósofo italiano, revolucionario y activista. Este ensayo apareció originalmente en su libro After the Future [Después del futuro].

Traducido por Translator Brigades[email protected].