La revoluciĆ³n es como un rizoma

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Hola a todas las personas que aún siguen respirando:

En el segundo aniversario de Occupy Wall Street, aquí va un manifiesto para llenar bien los pulmones:

Miren hoy por la ventana y admiren bien la permanencia de todas las cosas.

Los coches entran y salen fielmente del flujo incesante de tráfico. Los rascacielos de las entidades financieras enmarcan el paisaje urbano mientras invierten el dinero de ustedes y hacen efectivas las nóminas sin mayores problemas. La gente sale a raudales de sus casas para dirigirse a la oficina, a visitar a los amigos… o a buscar trabajo. El orden social —todas las interacciones básicas de cada día— es perfectamente predecible: lo normal, casi exactamente igual que ayer. No se pone en cuestión la rigidez absoluta del sistema político.

Ahora imaginemos que todo estalla de repente, que todo lo que conocemos se vuelve patas arriba. La cafetería está cerrada, igual que lo están las puertas del banco. La gente deja de responder incluso a los signos más básicos. Al mirar hoy por la ventana, tenemos el mismo sentimiento que aquel 16 de septiembre de 2011, el día antes de que aquellos valientes ocupantes agarraran las tiendas de campaña y se plantaran en Wall Street. Es solo que esta vez, mientras miramos a través del vidrio, lo hacemos con un gesto de orgullo en la boca, por lo demás, sellada. Ahora confiamos en esta generación más que nunca antes. Sigue habiendo puntos de inflexión capaces de provocar la conmoción del orden financiero y psicológico. Existe cada vez más la convicción de que todo lo que es posible acabará sucediendo. El mundo aún puede cambiar.

La revolución es como un rizoma

Lo que vivimos aquel 2011 todavía reverbera en todo el mundo. Recientemente, en Turquía y en Brasil, esa sensación en las entrañas de que el futuro no está determinado ha estado tan viva como nunca. Y, dado que cada vez son más las personas a las que esa ansiedad les reconcome la conciencia, esa nueva forma de activismo que el periodista español Bernardo Gutiérrez ha denominado «una nueva arquitectura de la protesta» se está extendiendo como en un frenesí: lo que empiezan siendo simples reivindicaciones —contra la tala de árboles, contra la subida de tarifas del transporte o contra el nombramiento de un juez corrupto— estalla hasta convertirse en un deseo omniabarcador de reinicializar todo el aparato.

En el horizonte político venidero, podemos esperar que, allí donde haya un fallo, un escándalo, una huelga de maestros o algún tipo de tejemaneje bajo mano, habrá un avispero dispuesto a causar revuelo. Cuando una generación está conectada, las reivindicaciones individuales y singulares de sus miembros también están conectadas. La protesta se transforma en una cornucopia, y deja de ser un camino único y recto. El deseo no es ya destruir el sistema, sino hackearlo, recodificarlo, apropiárselo… hasta entender la revolución no como una pirámide, sino como un rizoma… hasta ver el sistema no como un texto inalterable, sino como un lenguaje de computación en cambio permanente, como un algoritmo.

Más que nunca, comprobamos ahora la realidad del tópico actual según el cual «todos somos uno». Ahora que tenemos la tecnología para organizarnos (¿a quién le importa si la NSA está ahí fuera escuchando?; en realidad, mejor que escuche bien, a ver si así se inspira), esta primera generación global de la historia conseguirá articularse más claramente, más visceralmente, más intensamente y con mayor frecuencia que ninguna de las generaciones que la precedieron.

Miren hoy por la ventana. Las cosas no siempre han sido así, y no serán así para siempre.

Una generación sometida a una gran presión

Está generación está sometida a una gran presión. Algunos «expertos» estadounidenses como David Brooks y Andrew Sorkin nos descalifican jocosamente y nos tildan de niños desagradecidos y radicales de juguete, un atajo de holgazanes que no quieren trabajar como la generación previa. No han entendido nada. Se ha encendido el piloto de emergencia del motor de la humanidad, y no hay mecánico del viejo paradigma que sea capaz de arreglarlo. Estamos viviendo un fallo del sistema global como jamás antes había tenido lugar, y no hay ningún programador que sea capaz de reescribir el programa con el código antiguo. La Tierra está enfermando. La cultura sufre un declive terminal. La enfermedad mental es la primera causa de pérdida de horas de trabajo en los Estados Unidos. ¿Qué otros indicadores hacen falta? El rechazo no implica desagradecimiento, sino que es la bella y sincera añoranza de un mañana mentalmente sano y sostenible. Y sin embargo, ahora que las válvulas están cada vez más embrolladas… bueno, las consecuencias están a la vista de todos, por todas partes.

El pasado mes de julio, mientras centenares de miles de manifestantes desfilaban por ciudades de toda Turquía y todo Brasil, el director creativo de Adbusters, Pedro Inoue, se saltó su trabajo para sumarse al momento mágico que estaba teniendo lugar en las calles. Desde el centro de São Paulo, nos envió el testimonio que presentamos a continuación: un retrato que se convirtió en la médula espinal de una de nuestras más animosas y esperanzadoras publicaciones hasta la fecha. Durante mucho tiempo, se nos ha acusado de ser demasiado negativos. Aun así, con este escrito nuestros lectores pudieron ver también la luz brillar:

Es lo que sientes cuando la persona que amas se ríe entre tus brazos y crees que el corazón te va a estallar porque ya no le cabe más alegría en su interior. El subidón comienza a hacerte flotar. Marchábamos hacia la casa del gobernador, concediéndonos el tiempo para hablar por el camino, admirando las banderas blancas que la gente ondeaba desde las ventanas de las edificios a nuestro paso, escuchando los cánticos que iban y venían como olas en aquel mar de personas. Miré al muchacho a los ojos. El muchacho siguió hablando pero yo solo recuerdo aquellas seis palabras:

«Tío, qué bello es el mundo», dijo.

Estaba fascinado por el brillo de sus ojos. Chispas, destellos, latidos, fogonazos de luz.

Cuando por fin llegue la revolución global… tendrá ese mismo brillo en todas partes.

Las situaciones que dieron pie a los anarquistas griegos, la Primavera Árabe, los indignados españoles, #Occupywallstreet, las revueltas estudiantiles chilenas, las Pussy Riot, las protestas de Québec, #iddlenomore, el mexicano Yo Soy 132 y las insurrecciones de Estambul, Lima, Bulgaria, São Paulo… no han hecho más que empeorar. La desigualdad está alcanzando proporciones obscenas en Estados Unidos y en muchas otras naciones. Existe una concentración cada vez mayor de la riqueza, bancos cada vez más grandes, un aumento constante de las operaciones financieras de alta frecuencia (HFT en sus siglas en inglés), de la confusión que provocan los derivados financieros y los estallidos de unos algoritmos financieros malintencionados que hunden los mercados más allá del control humano. 1,3 billones de dólares en transacciones financieras especulativas trazan círculos cada día por todo el planeta. Ahora mismo, el escenario para una debacle de los mercados más catastrófica aún que la de 2008 está servido.

Mientras tanto, en el interior de todos y cada uno de nosotros crece el deseo de acercarnos a lo real: economía real, democracia real, posibilidades reales, humanidad real, liderazgos reales, horizontes reales, interacciones reales, cosas reales… vida real.

Tres «metamemes» para el futuro

En Adbusters, creemos que hay tres grandes innovaciones tácticas, tres «metamemes» que tienen el poder de virar el rumbo de esta marcha hacia la colisión global de trenes y eludir la cita con el desastre. No nos equivoquemos, el choque de trenes implica un mundo brutal, una realidad bárbara. Es algo a lo que ninguno de nosotros debería aspirar alegremente. Sin embargo, no podemos limitarnos a seguir la corriente, dejarnos llevar jovialmente y confiar en la inercia de nuestra actual y apocalíptica maquinaria económica.

Lo primero que podemos hacer es exigir una radical reconceptualización de nuestro sistema económico. El capitalismo neoconservador desbocado lleva ya casi dos generaciones cabalgando a lomos de la humanidad sin oposición alguna. Sigue sin ofrecernos respuesta alguna y no tiene nada que decir sobre la amenaza más acuciante que el futuro nos depara, a saber: el cambio climático. Los estudiantes de ciencias económicas y los economistas heterodoxos deben sublevarse en las universidades de todo el mundo para exigir un cambio en los cimientos teóricos de la ciencia económica. Tenemos que abandonar casi todo lo que creíamos saber sobre los dioses del progreso, la felicidad y el crecimiento. Tenemos que reimaginar la industria, la nutrición, las comunicaciones, el transporte, la vivienda y el dinero, y ser pioneros de un nuevo tipo de ciencia económica —una bionomía, una psiconomía, una economía ecológica— que sea capaz de gestionar nuestro hogar planetario.

Lo segundo que podemos hacer es iniciar una nueva época de radical transparencia… incluir el derecho a vivir en un mundo transparente como nuevo derecho humano en las constituciones de las naciones y en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo que está pasando ahora mismo en Siria es un perfecto ejemplo de cómo el secretismo de las principales potencias mundiales solo provoca confusión y conduce a la posibilidad de un catastrófico fracaso. Es posible que El-Assad se salga con la suya después de mostrar un instinto asesino inaudito desde la Segunda Guerra Mundial, y ello tan solo porque ya no se puede confiar en que los Estados Unidos digan la verdad. La transparencia radical es la única vía que hay hacia una democracia global que sea viable en el futuro.

Lo tercero que podemos hacer es buscar inspiración y aprender de una nueva innovación táctica en el activismo global: el algoritmo revolucionario. Internet ha logrado revertir una dinámica de poder con siglos de existencia. La calle tiene ahora un poder sin precedentes. Hackeando, organizándose rizomáticamente, catapultando memes virales, es capaz de paralizar países enteros… Las protestas y levantamientos tienen el poder de espantar a los mercados y provocar caídas repentinas de hasta un 10% en un solo día, como ocurrió recientemente en Turquía, y cuando nosotros, el pueblo, estamos lo bastante enojados y enardecidos podemos sentar a la mesa democrática incluso a los presidentes más arrogantes.

En el s. XXI, la democracia podría adoptar esta forma: una espiral de diálogo dinámica, visceral e interminable entre la calle y las atrincheradas estructuras de poder. En este nuevo modelo, el poder corporativo será por siempre sometido a las sostenidas y claramente articuladas demandas de nuevas políticas económicas, sociales y medioambientales, a viscerales debates y referendums sobre asuntos de importancia crítica, a la revocación de la personalidad jurídica de toda gran empresa que rompa la confianza pública, y a nuevas leyes y enmiendas constitucionales sobre asuntos fundamentales como el secretismo de Estado, la personalidad corporativa o las reglas que determinan cuándo y cómo pueden las naciones ir a la guerra. Todos los ministerios, cada ministro y toda la clase política, así como los centros de creación de opinión, los expertos que aparecen en los medios de comunicación y los directivos de las empresas, sentirán la presión cada diario para doblegarse ante el pulso siempre cambiante del pueblo.

Ahora que pasamos por el segundo aniversario de Occupy, quizás con llamaradas embravecidas, tal vez con tan solo unas pocas chispas, hay una cosa en la que podemos solazarnos: el actual sistema global —el capitalismo— está en declive terminal… y mientras su cadáver se agita en sus últimos espasmos y estertores, tu trabajo, el mío, el de todos nosotros, consiste en permanecer alerta y seguir trabajando en nuestras propias vidas… Renunciamos a todo lo que tenga que ver con las megacorporaciones, rehusamos comprar cualquier producto que hayamos visto anunciado, buscamos meticulosamente información libre de toxinas, y comemos, viajamos, socializamos y vivimos de la forma más jovial, sostenible y consciente posible… luchamos por la felicidad… construimos vínculos de confianza los unos con los otros y jugamos al #killcap al menos una vez por día… y lo más importante, mantenemos la vista fija en el horizonte y esperamos la llegada de nuestro próximo momento.