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El Gran Misterio

Año de la serpiente. Reflexión #2

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Entre los grandes misterios está la pregunta de si existen o no otras Gaias ahí fuera.

 

El físico italiano Enrico Fermi, al sopesar la cuestión, nos dejó una paradoja. Tiene que ver con la simple pregunta de por qué, pese a la antigüedad de los cielos y del enorme número de estrellas y planetas que sabemos que existen, todavía no hemos detectado vida inteligente. Hay 250.000 millones de estrellas tan solo en la Vía Láctea, de forma que con seguridad algunas deberían haber engendrado planetas parecidos a la Tierra, y de entre estos, algunos deberían haber desarrollado vida. Fermi suponía que una característica de la vida es colonizar hábitats idóneos, y que con ello su difusión la hiciera más visible para nosotros.

Si una civilización utilizara siquiera el medio de viaje interestelar lento del que casi somos capaces hoy en día, tan solo harían falta entre 5 y 50 millones de años para colonizar nuestra galaxia. Y eso es tan solo un abrir y cerrar de ojos en la historia de 14.000 millones de años de nuestro universo.  La paradoja de Fermi se resolvería si las Gaias infantiles alguna vez, siquiera alguna vez, sobrevivieran. Si esta es la explicación, entonces quizás la hipótesis de Medea es correcta después de todo: los superorganismos globales inteligentes tal vez porten en su interior la semilla de su propia destrucción, y comienzan a aniquilarse a sí mismos desde el momento de su nacimiento.

Pero existe otra posibilidad. Puede que la paradoja de Fermi nos diga que realmente estamos solos en el Universo, simplemente porque somos el primer superorganismo global que ha llegado a existir. Al fin y al cabo, ha hecho falta la totalidad del tiempo — desde el Big Bang hasta el presente — para crear el polvo de estrellas que constituye toda forma de vida, y para forjar ese polvo de estrellas, a través de la evolución por selección natural, y darnos forma a nosotros y a nuestro planeta viviente. Si de verdad somos el primer superorganismo inteligente, tal vez estamos destinados a poblar todo lo que existe, y al hacerlo, a cumplir la visión de Alfred Russel Wallace de perfeccionar el espíritu humano en la inmensidad del Universo.  Si algún día lo logramos, Gaia habrá alcanzado entonces la pubertad, pues ella se habrá hecho reproductiva, alimentando el destello de la vida en una esfera muerta tras otra. Desde nuestro privilegiado punto de vista actual no podemos saber esas cosas. Pero yo estoy seguro de una: si no nos esforzamos por amarnos los unos a los otros, y por amar a nuestro planeta tanto como a nosotros mismos, no es posible un ulterior progreso humano aquí en la Tierra.

Tim Flannery es Catedrático de Sostenibilidad Ambiental en la Universidad de Macquarie. Fue nombrado Australiano del Año en el 2007. Este fragmento está extraído de Aquí en la Tierra: Argumentos para la esperanza (Taurus, 2011).

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On Newsstands December 3

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